La siguiente cápsula, como todas a fin de cuentas, es un borrador. Esto quiere decir que habría que tener un mínimo de manga ancha. Pueden faltar comas, recolocar puntos, etc.
Las cápsulas son pequeñas historias en las que estoy trabajando y en las que también colaboraran un puñado de grandes amigos con música, dibujos o escribiendo.
La primera Capsula se llama La Tempestad, y es casi mejor ir descubriendo la ambientación poco a poco según vayan saliendo los capítulos. Espero que os guste ;)
Las cápsulas son pequeñas historias en las que estoy trabajando y en las que también colaboraran un puñado de grandes amigos con música, dibujos o escribiendo.
La primera Capsula se llama La Tempestad, y es casi mejor ir descubriendo la ambientación poco a poco según vayan saliendo los capítulos. Espero que os guste ;)
"-Amigo, recuerda a quién llevas a bordo.
-...A nadie que me importe más que mi mismo. "
La Tempestad de Shakespeare
Lenguasapo era algo más que un cruce de caminos entre la lejana ciudad norteña de Alar y Baluarte, la capital del Sur. Lenguasapo no llegaba a llamarse siquiera pueblo, era más bien un conjunto de casas alrededor de una taberna que daba nombre al lugar. El pueblo ni siquiera tenía un Sheriff oficial, sólo Ronald "El Boliche" se acercaba a ese puesto, porque había sido ayudante de sheriff en un pueblucho del norte. Pero el norte era un sitio tranquilo, podrían haber tenido sus guerras antaño, pero lo cierto es que ahora vivían en relativa calma y eso seguramente se debiera a que las distancias entre ciudades eran muy grandes, no como en el Sur donde se encontraba él y donde cada pocos kilómetros había ciudades, pueblos, aldeas, pasos, carreteras, caminos y un sinfín de asentamientos que hacían de los conflictos algo muy común.
En el pueblo había siete edificios: uno abandonado desde hace años, la taberna, la casa de Boliche, La casa de los Madison, la de los Maloy, la de la vieja Helena Wilfred, y un edificio dedicado al Ehlir, porque por muy pequeño que sea un pueblo eso nunca puede faltar.
Veinticinco años después todo seguía igual que cuando se había marchado, y sin embargo ahí estaba tomando una cerveza con los pies encima de la mesa de una taberna que no conocía nadie, y nadie era capaz de distinguir quien era aquel hombre de pelo claro, barba de varios días, y más mugre que un burro de campo. El hombre había llegado hacía dos semanas con la escusa de descansar para poder continuar su viaje pero lo cierto era que pasaba el tiempo y algo les decía a los pueblerinos que aquel viajero se iba a convertir en un vecino más.
El primer día que llegó todo el mundo observó de refilón su cabello y temieron lo peor, de hecho el tiempo pasaba y la sospecha de que aquel hombre no fuera normal aún se mantenía con fuerza en todos.
En todos menos en una joven chica y su amigo. Quizás los dos niños sentían como suyo aquel rechazo que tenía el pueblo hacia aquel hombre, en realidad ese recelo era similar al que sentían por ellos dos.
Sussana Maloy era una pequeña niña de color, al contrario que el resto de su familia. Acostumbraba a corretear por la carretera con el único niño además de ella que había en el pueblo, el pequeño de los Madison. Ella tenía once años y él diez, probablemente pueda parecer un dato inútil para la historia, y seguramente lo sea, pero por algún sitio hay que empezar.
EL NIÑO
El sol le cegaba y comenzaba a asarle hasta el punto de que el pequeño de diez años llevaba un buen rato mareado, pero no podía permitir que Susi "La Larga" le disparara, esta vez no era como todas las veces que habían jugado a dispararse, había algo mucho más importante en juego. Ella y el niño llevaban cerca de dos horas persiguiéndose, corriendo, y protegiéndose detrás de cajas, carros e incluso en la taberna. La gente del pueblo incluso había salido a ver qué estaba pasando y miraban como los niños se disparaban. El Don de los Maloy quería parar aquella locura, pero meterse en medio era demasiado peligroso. "A estos niños se les ha ido de las manos..."
El niño llevaba diez minutos de reloj escondido bajo una caja que dejaba pasar franjas de luz que hacían arder todo lo que tocaban entre los tablones de madera. Una de aquellas franjas recorría la frente del pequeño de los Madison que se esforzaba por no hacer el más mínimo ruido, aunque sabía que no aguantaría mucho más en aquella errática postura.Una gota de sudor caía desde el pelo cubierto por un sombrero y se deslizaba hacia su nariz respingona y pecosa haciéndole cosquillas. Otro de los rayos de luz surcaba su mano izquierda, la mano de la pistola, él era muy bueno disparando con la izquierda y ahora que estaba escondido podía hacerlo sin que todos le mirasen mal por no hacerlo con la diestra. Pero lo cierto es que la mano le ardía y eso empezaba a dificultarle el apuntar bien, tenia que disparar cuanto antes o perderia el pulso. El cañón de la pistola asomaba por una rendija mientras él veía como La Larga se movía con cuidado e intentaba buscarle.
El niño llevaba diez minutos de reloj escondido bajo una caja que dejaba pasar franjas de luz que hacían arder todo lo que tocaban entre los tablones de madera. Una de aquellas franjas recorría la frente del pequeño de los Madison que se esforzaba por no hacer el más mínimo ruido, aunque sabía que no aguantaría mucho más en aquella errática postura.Una gota de sudor caía desde el pelo cubierto por un sombrero y se deslizaba hacia su nariz respingona y pecosa haciéndole cosquillas. Otro de los rayos de luz surcaba su mano izquierda, la mano de la pistola, él era muy bueno disparando con la izquierda y ahora que estaba escondido podía hacerlo sin que todos le mirasen mal por no hacerlo con la diestra. Pero lo cierto es que la mano le ardía y eso empezaba a dificultarle el apuntar bien, tenia que disparar cuanto antes o perderia el pulso. El cañón de la pistola asomaba por una rendija mientras él veía como La Larga se movía con cuidado e intentaba buscarle.
El sol en la mano.
El sonido de las piedras bajo los pies de Susi.
El crujir de la madera de la caja en la que se escondía el niño.
Aspira. Respira.
Aspira. Respira.
Aspira. Respira.
Aspira...
...
...
La bala salió disparada. Todo fue a cámara lenta y el niño pudo sentir como la bala se deslizaba por el cañón, la fuerza, las cosquillas por la gota de su frente y el sol hicieron que no pudiera sostener la pistola con firmeza. Había fallado. Rápidamente volvió a apuntar pero era demasiado tarde, la chica negra se había asustado y ahora corría a refugiarse. El niño maldijo en bajo mientras se secaba el dichoso sudor de la frente con la manga. Se había delatado, no podía quedarse allí así que salió de la caja corriendo hacia uno de los carros que había en la calle. Estaba claro que corriendo no iba a llegar sin recibir un balazo, así que a medio camino se la jugó a una sola carta, cogió impulso y pegó un salto para evitar ser disparado.
El niño despegó del suelo con la pistola en la siniestra. La camisa de cuadros se le movía en el aire y el sombrero cayó hacia atrás colgando de su cuello y dejando ver un pelo oscuro y húmedo que le caía de mala manera sobre la frente.
A lo lejos Susi giró sobre sí misma haciendo volar una falda que le llagaba por las rodillas. En cuestión de un segundo, la niña abrió bien los ojos y su dedo índice apretaba con seguridad el gatillo.
En pleno salto hacia la seguridad del carro una bala salió de la pistola de Susi y acertó de lleno en el corazón del muchacho.
Y allí estaba el chico tirado en el suelo, con la ropa empapada de rojo por el disparo, intentando alcanzar la sombra del carro con los dedos, estirándose para tocarla. Susi se acercó al chico lentamente mientras metía una bala en la pistola. En silencio y sin apartar la vista del muchacho caminó hasta estar cerca de él. Él la miró con miedo. No podía ser...iba a acabar con él.
-Se acabó el juego- dijo muy seria y disparó al muchacho en la cabeza.
-¡Ah! ¡En la cara no vale!- La bala de madera había salido disparada y golpeó al muchacho en la frente.
-Cállate llorica.
La Doña de los Maloy agarró de la oreja a la niña y ella dejó caer el arma. Lo siguiente fueron gritos y más gritos. No por el juego ni por los disparos. Los niños habían robado la pintura roja del cobertizo de los Madison, y eso les iba a reportar un buen número de collejas. Y la Doña de los Maloy había abierto la veda de las tortas.
Aun con todo, lo único en lo que el niño podía pensar entre todo aquel festival de collejas era en que, con pintura o sin pintura en las balas, había vuelto a ganar la niña negra. Y eso le dolía más que los golpes en la coronilla de su madre y de su padre. Bueno, más que los de su padre no, esos dolían mucho
La Larga era mejor que él en casi todo y eso enfadaba al niño sobremanera, estaba harto de ser superado en todo. Pero a pesar de eso... seguía jugando con ella todos los días.
-¡No soy un llorica! Haces trampa todo el rato. No vale, volvemos a empezar.- La casa del niño y la suya eran colindantes así que se pasaban horas hablando y jugando a juegos. Bueno últimamente ya no, los juegos de lanzarse aviones, atar una cuerda a dos latas, dispararse apuntando con el dedo...todo aquello comenzaba a aburrir a Susi.
-Claro que eres un llorica, te pasas quejándote todo el día, desde que levantas tu culo hasta que te acuestas.No quiero jugar más, voy a ver a El Hombre.- Susi cada vez era más seca y desagradable.
La chica agarró un trapo de tela dura y comenzó a descolgarse por uno de los postes de madera. Desde que El Hombre había llegado a Lenguasapo Susi no dejaba de ir a la taberna a sentarse en una mesa y mirarle. El Niño no entendía qué podía haber de divertido en mirar a un hombre como aquel. Era un viajero, cansado para continuar su viaje, sin dinero para pagarse una ducha, pero con dinero para cerveza. Tenia el pelo castaño claro, en otro tiempo quizás hubiera sido más oscuro pero el sol lo había aclarado, si hubiera usado un buen sombrero quizás hubiera conservado su color de pelo oscuro y no ese castaño casi pelirrojo que asustaba a todo el mundo. El Niño no le tenía miedo porque le había visto guardar un colgante con forma de triángulo invertido y atravesado signo inequívoco de que El Hombre era un hombre religioso. Si en realidad fuese lo que todos pensaban que era se hubiera convertido en polvo al tocar el símbolo de Dios.
-Yo no quiero ver a El Hombre...¿Por qué no jugamos a las ranas?
-No te he pedido que vengas, sólo te digo que que voy a ir a verle, si tú no quieres, no vengas.
Aquella frase quedó suspendida en el aire. Él se quedó clavado en su sitio pensando que justo en aquel momento estaba pasando algo importante. Mientras ella se deslizaba con la maestría que da la experiencia de haberlo hecho casi toda su vida se dio cuenta de que la niña que jugaba con él todos los días había dejado de ser Susi La Larga y se convertía por momentos en Sussana. Sussana a secas. Él en cambio seguía siendo solamente un niño, El Niño. Aquel día decidió que jamás se haría mayor... y más adelante lo cumpliría. Más o menos.
El niño despegó del suelo con la pistola en la siniestra. La camisa de cuadros se le movía en el aire y el sombrero cayó hacia atrás colgando de su cuello y dejando ver un pelo oscuro y húmedo que le caía de mala manera sobre la frente.
A lo lejos Susi giró sobre sí misma haciendo volar una falda que le llagaba por las rodillas. En cuestión de un segundo, la niña abrió bien los ojos y su dedo índice apretaba con seguridad el gatillo.
En pleno salto hacia la seguridad del carro una bala salió de la pistola de Susi y acertó de lleno en el corazón del muchacho.
Y allí estaba el chico tirado en el suelo, con la ropa empapada de rojo por el disparo, intentando alcanzar la sombra del carro con los dedos, estirándose para tocarla. Susi se acercó al chico lentamente mientras metía una bala en la pistola. En silencio y sin apartar la vista del muchacho caminó hasta estar cerca de él. Él la miró con miedo. No podía ser...iba a acabar con él.
-Se acabó el juego- dijo muy seria y disparó al muchacho en la cabeza.
-¡Ah! ¡En la cara no vale!- La bala de madera había salido disparada y golpeó al muchacho en la frente.
-Cállate llorica.
La Doña de los Maloy agarró de la oreja a la niña y ella dejó caer el arma. Lo siguiente fueron gritos y más gritos. No por el juego ni por los disparos. Los niños habían robado la pintura roja del cobertizo de los Madison, y eso les iba a reportar un buen número de collejas. Y la Doña de los Maloy había abierto la veda de las tortas.
Aun con todo, lo único en lo que el niño podía pensar entre todo aquel festival de collejas era en que, con pintura o sin pintura en las balas, había vuelto a ganar la niña negra. Y eso le dolía más que los golpes en la coronilla de su madre y de su padre. Bueno, más que los de su padre no, esos dolían mucho
La Larga era mejor que él en casi todo y eso enfadaba al niño sobremanera, estaba harto de ser superado en todo. Pero a pesar de eso... seguía jugando con ella todos los días.
***
-¡No soy un llorica! Haces trampa todo el rato. No vale, volvemos a empezar.- La casa del niño y la suya eran colindantes así que se pasaban horas hablando y jugando a juegos. Bueno últimamente ya no, los juegos de lanzarse aviones, atar una cuerda a dos latas, dispararse apuntando con el dedo...todo aquello comenzaba a aburrir a Susi.
-Claro que eres un llorica, te pasas quejándote todo el día, desde que levantas tu culo hasta que te acuestas.No quiero jugar más, voy a ver a El Hombre.- Susi cada vez era más seca y desagradable.
La chica agarró un trapo de tela dura y comenzó a descolgarse por uno de los postes de madera. Desde que El Hombre había llegado a Lenguasapo Susi no dejaba de ir a la taberna a sentarse en una mesa y mirarle. El Niño no entendía qué podía haber de divertido en mirar a un hombre como aquel. Era un viajero, cansado para continuar su viaje, sin dinero para pagarse una ducha, pero con dinero para cerveza. Tenia el pelo castaño claro, en otro tiempo quizás hubiera sido más oscuro pero el sol lo había aclarado, si hubiera usado un buen sombrero quizás hubiera conservado su color de pelo oscuro y no ese castaño casi pelirrojo que asustaba a todo el mundo. El Niño no le tenía miedo porque le había visto guardar un colgante con forma de triángulo invertido y atravesado signo inequívoco de que El Hombre era un hombre religioso. Si en realidad fuese lo que todos pensaban que era se hubiera convertido en polvo al tocar el símbolo de Dios.
-Yo no quiero ver a El Hombre...¿Por qué no jugamos a las ranas?
-No te he pedido que vengas, sólo te digo que que voy a ir a verle, si tú no quieres, no vengas.
Aquella frase quedó suspendida en el aire. Él se quedó clavado en su sitio pensando que justo en aquel momento estaba pasando algo importante. Mientras ella se deslizaba con la maestría que da la experiencia de haberlo hecho casi toda su vida se dio cuenta de que la niña que jugaba con él todos los días había dejado de ser Susi La Larga y se convertía por momentos en Sussana. Sussana a secas. Él en cambio seguía siendo solamente un niño, El Niño. Aquel día decidió que jamás se haría mayor... y más adelante lo cumpliría. Más o menos.
SUSSANA
No se afeitaba, parecía sudar mucho, y fumaba y bebía demasiado, sin embargo El Hombre tenía algo que atraía a Sussana de una manera que aún no podía entender. No podía literalmente hablando porque tenía once años y no sabía lo que era aquella atracción pero la verdad es que aquel hombre no tenía nada diferente a cualquier otro viajero, una cara cuadrada, un buen mentón, ojos marrón claro, pelo seco y estropeado... no, no era nada del otro mundo. Sin embargo era el primer hombre para Sussana. En Lenguasapo vivían tan pocas personas que en realidad ella no había tenido oportunidad de fijarse en los hombres nunca, había hombres por supuesto pero ¿quienes eran? el Don de los Madison, El Boliche, su padre y Troy Trebor que era el dueño de la taberna. Todos eran prácticamente su familia y jamás se le había pasado por la cabeza mirar a los hombres como miraba a aquel.
Sussana entró en la taberna y allí estaba él con un cigarro en la boca, una jarra en la mesa, y recostado instando arreglar un aparatejo de metal casi sin ganas. Parecía que en realidad no sabía arreglarlo pero tampoco tenía nada mejor que hacer, de hecho Sussana no entendía por qué El Hombre se quedaba en Lenguasapo y no continuaba su viaje.
La Doña de los Maloy apareció por la puerta y enfiló corriendo hacia su hija. Era una mujer mayor un tanto gorda. Hace unos años encontraron a Sussana a las afueras de la ciudad cuando iban a pescar a uno de los dos ríos cercanos a Lenguasapo. La pequeña estaba dentro de en un cesto de mimbre que se había enganchado en las ramas de un árbol bajo. El matrimonio Maloy corrió a recogerla. ¿Cómo podía alguien dejar a una criatura de Dios en un cesto? Cuando cogieron a la niña miraron su oscura piel y casi se arrepintieron de haberla salvado, pero por alguna razón el Don de los Maloy era un hombre bueno, incapaz de hacer daño a nadie, y una cosa era no recoger a la niña y otra muy diferente ser ellos quien la devolvieran al río. Dios les había dado a aquel extraño ser, y lo había hecho por alguna razón. Ambos recogieron las cosas y dejaron la pesca para otro día. En el pueblo fueron rechazados durante años por haber traído a un Ainur a su pequeño y pacifico pueblo. Hasta que Sussana no cumplió los seis años y la gente no empezó a ver cómo Susi jugaba con el pequeño de los Madison no volvieron a hablar con el matrimonio. Ellos habían cuidado de ella hasta ahora, pero quizás no estaban preparados para cuidar de una chica como ella ahora que empezaba a rebelarse contra todo.
La Doña fue hasta la mesa de la niña que ni se inmutó y comenzó a gritarle y a golpear la mesa. La niña sólo miraba a El Hombre, y él por fin la miró a ell medio segundo antes de bajar la mirada hacia la cosa metálica que intentaba arreglar. La bofetada que la Doña le daría segundos después habría merecido la pena.
-No sé cómo hacer esto Alan. Cada vez es peor, cada vez se escapa más, da peores contestaciones.
-Vamos Lidia, todos a su edad hemos sido unos rebeldes...
-Si, pero mi padre me pegaba dos bofetadas y me callaba, no empezaba a sisear como una serpiente y hacer sonidos extraños -la Doña se santiguó con el símbolo del triángulo invertido.
-Lo hace porque sabe que os asusta, la niña no es tonta, sabe que le tenéis miedo, y lo aprovecha. En vez de una bofetada como a ti habra que darle una buena azotina y ya está, ya se le pasará.
-Yo creo que de aqui a unos años tenemos que replantear esto cariño.
-No hay nada que replantear, Dios no se equivoca.-El Don se puso serio- Si tengo que tener a un demonio bajo mi techo lo tendré Lidia.-el hombre dio un golpe en la mesa y miró a su mujer a los ojos.
-Sólo digo que quizás fue Dios quien la puso en el río, y fue el Demonio el que la atrapó en las ramas.
-...Mira Lidia, si llega el día en que veo un Ainur en sus ojos en vez de una niña, yo mismo levantaré la hoguera para quemarla.
Sussana se agarró las rodillas, llevaba un buen rato escuchando desde las escaleras, y lo más triste no era escuchar lo que decían sus padres de ella. Lo triste es que ya no le sorprendía oír aquellas cosas. Volvió a su habitación se tapó con las mantas hasta la cabeza y comenzó a llorar.
La Doña fue hasta la mesa de la niña que ni se inmutó y comenzó a gritarle y a golpear la mesa. La niña sólo miraba a El Hombre, y él por fin la miró a ell medio segundo antes de bajar la mirada hacia la cosa metálica que intentaba arreglar. La bofetada que la Doña le daría segundos después habría merecido la pena.
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-No sé cómo hacer esto Alan. Cada vez es peor, cada vez se escapa más, da peores contestaciones.
-Vamos Lidia, todos a su edad hemos sido unos rebeldes...
-Si, pero mi padre me pegaba dos bofetadas y me callaba, no empezaba a sisear como una serpiente y hacer sonidos extraños -la Doña se santiguó con el símbolo del triángulo invertido.
-Lo hace porque sabe que os asusta, la niña no es tonta, sabe que le tenéis miedo, y lo aprovecha. En vez de una bofetada como a ti habra que darle una buena azotina y ya está, ya se le pasará.
-Yo creo que de aqui a unos años tenemos que replantear esto cariño.
-No hay nada que replantear, Dios no se equivoca.-El Don se puso serio- Si tengo que tener a un demonio bajo mi techo lo tendré Lidia.-el hombre dio un golpe en la mesa y miró a su mujer a los ojos.
-Sólo digo que quizás fue Dios quien la puso en el río, y fue el Demonio el que la atrapó en las ramas.
-...Mira Lidia, si llega el día en que veo un Ainur en sus ojos en vez de una niña, yo mismo levantaré la hoguera para quemarla.
Sussana se agarró las rodillas, llevaba un buen rato escuchando desde las escaleras, y lo más triste no era escuchar lo que decían sus padres de ella. Lo triste es que ya no le sorprendía oír aquellas cosas. Volvió a su habitación se tapó con las mantas hasta la cabeza y comenzó a llorar.