lunes, 5 de octubre de 2015

Cápsula 1: La Tempestad || Sexta Canción: Lanza del dolor.

-¿Sobreviviste a la caída por el barranco?

-No.

-Pues lo parece. Estas aquí ¿No?

-Eso parece. Intenté huir lejos de Baluarte después de aquello, al principio creía que perseguía a El Diablo pero tiempo después entendí que realmente huía de él. Ahora he vuelto a cambiar de plan.

-¿qué quieres decir? -Dijo El Niño mirándole extrañado- ¿Ya no huyes? ¿Tienes un plan?

-No quiero hablar de eso.- El Hombre intentaba no sonreír pero si uno se fijaba bien podía ver una minúscula media sonrisa- ¿Nunca has tenido la sensación de que si dices algo en voz alta todo se irá al traste? -El Niño asintió con la cabeza recordando un juego de mesa al que jugaba con La Larga. Aún le dolía pensar en ella, pero por alguna razón le reconfortaba recordarla.

El Hombre paró a su caballo, echó las riendas a un lado y bajó lentamente.
-¿Paramos?-El Niño miró extrañado a El Hombre.

-Paramos. Haremos noche, no nos dará tiempo a llegar a Ventura, mucho menos hasta El Paso. Caerá el sol en una hora o dos, podemos comer lo que nos queda antes de que oscurezca. -El Hombre empezó a quitar la silla del caballo con firmeza y seguridad. Desató la cincha y los arreos y le quitó la embocadura, lo que el animal pareció agradecer con un gesto de mandíbula.

El Niño fue sacando la comida de la mochila de El Hombre, sacó tocineta seca y dura, cebolla, queso y pan de mantequilla. Cuando se sentaron el muchacho siguió preguntando.

-¿Cuánto tiempo ha pasado desde lo de Baluarte? Yo no he oído que las leyes del Oeste hayan llegado al Sur.

-Porque no llegaron. El Diablo fue expulsado a la mañana siguiente por el hermano de Leiva, mi mano derecha, al Ehlir ni si quiera le dio tiempo a escribir la noticia, mucho menos a llevarla a otras ciudades. Supongo que él es el Sheriff ahora, no lo sé seguro.

-¿Has viajado sólo desde entonces?- El Niño le miraba mientras mordía una de las capas internas de una cebolla.

-Vagué durante días por el valle que llevaba hasta Lenguasapo. Me desmayé a los siete días. ¿Has oído la expresión "más largo que un día sin pan"? -El niño asintió rapidamente para que El Hombre no parara de contar la historia.- Bueno, pues fueron los siete días más largos de mi vida, y cuando ya no podía más Dios puso un amigo en mi camino. -El niño se rascó la cara con la manga de su camisa que le quedaba grande y estaba sucia y polvorienta.

-Dios no hizo nada -Las palabras salieron de la boca de El Niño pero parecía que hubieran salido de la boca de un anciano. El Hombre entendió que aquel niño no podía ser normal, no hablaba siempre como un niño. Unas veces era demasiado crío, y otras veces le superaba en madurez o en cultura. Y eso le asustaba- si Dios hubiese tenido algo que hacer por ti estoy seguro de que no sería poner a alguien en tu camino. Si Dios tuviese que hacer algo por ti... ¿no tendría que haber sido salvar a tu familia? No se por qué crees en Dios si él te odia, eres Siláh para él. Naciste de un demonio según Los Siete Libros.

-Si guardase los dientes de todas las personas a las que les he partido la boca por decirme eso podría hacerte un ataúd. No pases la línea que no tienes que pasar muchacho.

-...sólo digo lo que pone en Los Siete Libros. "No arrojéis al fuego a quienes tengan su cabello anaranjado pues su alma no arde, ellos son Siláh, hijos de El Oscuro cuya misión es quebrantar vuestra fe."-recitó el chico.

El Hombre permaneció callado, no le había dicho a nadie que él había visto lo que había más allá y que aquellos libros... eran sólo palabras amontonadas con cierta gracia y elegancia.

-...Dios puso a Quetzal en mi camino.-El Niño le miró mientras comía su último pedazo de pan dulce tolerando la versión de El Hombre- Quetzal era un hombre extraño, vestía raro, hablaba raro, y creía en cosas muy raras.

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El Hombre despertó. Otro hombre le miraba desde el lado opuesto de una hoguera, tenía la cabeza ladeada para situarla en el mismo ángulo que la de El Hombre que le veía distorsionado por el calor que ascendía por encima del fuego. Se comenzó a incorporar.
-¿Quién eres tú?
-Quetzal Makuro.
-...¿De dónde viene ese nombre?
-...Pues de mi madre. Ella me lo puso, claro. -dijo el extraño hombre sorprendido por la pregunta. De pronto puso cara de sospecha, quizás El Hombre se refería a algo qué él no entendía.
-Genial, un gracioso. No eres del Norte ¿verdad?
-Soy del Este, más allá de Tara y La Espina. ¿Cuál es tu nombre hombre?
-...hombre es un buen nombre.- Quetzal le miró extrañado sin entender.
-En mi lengua te llamas Kaito.
-¿Cómo puedes saber eso, si ni sabes mi nombre?
-Porque así llamamos a los que mueren y vuelven a la vida.

Quetzal tenía en los pies un calzado que apenas le cubria, eran unos zapatos toscos que se ataban al dedo pulgar del pie y al meñique. Tenia la piel muy bronceada y nada de vello en el cuerpo. Un pantalón ajustado y negro lleno correas. Llevaba un poncho muy oscuro y viejo, y nada debajo, sólo se entreveían algunos tatuajes por su costado. Quetzal parecía fibrado y delgado a simple vista, tenía un cuello fuerte pero fino y llevaba toda la cara pintada de blanco, excepto una linea en horizontal que atravesaba su cara a la altura justa de los ojos lo que le daba una mirada profunda e incluso siniestra. Su pelo era largo, muy liso y brillante y llevaba muchos adornos negros en la cabeza de los cuales colgaban hilos que sostenían enterradas entre el pelo pequeñas plumas negras. Seguramente plumas de grajos o cuervos.  A su lado había una capa negra y raída.

-Te persigue la serpiente. Mi pueblo lleva muchos años matando a la serpiente.

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En aquella habitación dormían trece personas. Trece. El amo Vile las dejaba descansar allí, y Ella era la encargada de cuidar a las chicas que volvían de calmar a su señor blanco. Ante ella una niña de catorce años ya no sería una niña nunca más, lloraba, pero en silencio. Sus lágrimas simplemente brotaban, se deslizaban y morían en sus mejillas. Ella miraba a la nunca más niña, le abría las piernas con cuidado. Qué desastre.
-Sul yu iere.-pronunciaba mientras metía los dedos en una crema pringosa y curaba a la pequeña ainur.- Si el señor la llama mañana habrá problemas, una de las más jóvenes debe cubrir su puesto si la llaman.
Una mujer anciana asintió con la cabeza y marchó a hablar con una chica para explicarle que mañana seguramente debería morir otro poco. Cuando acabó, Ella fue a buscar su pequeño macuto y extrajo unas piedras talladas.
-De. Vanar an lara.- arrojó las piedras, y ahí estaba, inamovible la imagen de su futuro. Ella podía leer el destino en las runas y desde hacía tres días siempre salía lo mismo. La runa Raido marcaba el cambio que estaba por llegar, el giro en el guión de esa trama que era su vida. Mhar mostraba un viaje. Kuldur le dejaba claro que nadie moriría a su alrededor y Saldar le decía que ella corría peligro. Fahra se mostraba invertida y eso le decía algo sobre moverse, apartarse, lanzarse...no estaba claro. Y Hule, la runa del varón que a la diestra de Mhar significaba la llegada de un hombre.

Ella miraba a todas sus hermanas con miedo. ¿Cuando llegaría el hombre que las salvaría?

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-Viajé con Quetzal durante varias semanas, el camino desde Baluarte es realmente largo, y muy monótono ¿sabes? No hay nada, sólo arena, piedras, hierba seca y alguna casa perdida cerca de un pequeño arroyo o un pequeño lago.

El Niño escuchaba atentamente a El Hombre y no podía imaginar qué pasaría cuando El Diablo le encontrase. ¿Qué plan tenía? Todas las historias sobre El Diablo eran escalofriantes. Era el líder de un grupo de bandidos del oeste. El oeste era muy diferente al resto de territorios en muchas cosas, no tenía leyes, no había sheriffs ni había alcaldes. Vivían en una guerra civil constante, y en una guerra contra el resto que era imparable, querían llevar su tipo de gobierno al resto de los territorios. Todo el mundo hablaba de "anarquía" cuando hablaba del oeste, una anarquía que había funcionado muchos años perfectamente hasta que El Diablo y su gente empezaron a robar y a matar sin contemplaciones. Las historias decían que no había una razón para que hicieran aquello, simplemente eran malvados, pérfidos. Algunos decían que su sangre era negra, que si les veías a la luz de la luna veías su verdadero rostro de demonios. Los inquisidores rápidamente viajaron al oeste para liquidar a toda aquella gente. Los inquisidores eran miembros de La Iglesia que viajaban ajusticiando a quien no siguiera la senda del Señor, como Sussi. El Niño seguía sin entender en qué momento se había alejado La Larga del camino del Señor...si ya había nacido negra. Qué culpa tenía ella de nacer así, ¿la creó Dios para morir quemada en una enorme pira?. ¿Le había creado Dios a él para matar a todas aquellas personas?

Las caras de la gente de Lenguasapo pasaron por su mente a toda velocidad, una y otra vez. Todos podemos intentar alejar el dolor de muchas maneras. Podemos dormir e intentar alejarnos en el tiempo de ese suceso que nos aterra. Podemos culpar a otros, intentar correr, huir de ese golpe que nos quiere alcanzar. Pero el dolor, al igual que la muerte, es algo de lo que nadie puede escapar. Son dos de las cosas más importantes con las que una persona tiene que aprender a vivir: la certeza de que morirá, y la certeza de que sufrirá.
Después de varios días el dolor llegó corriendo desde Lenguasapo y alcanzó a El Niño con su lanza atravesandole el corazón. Fué en ese instante en el que se hizo la pregunta que le despertaría del trance que le mantenia serio, frío y a seguro: "¿Qué he hecho?"

El Hombre tuvo que escuchar al niño llorar toda la noche, no se quedaba sin fuerzas, lloraba a pleno pulmón, la voz se le rompía, convulsionaba, se golpeaba, temblaba. El Hombre recordó el lugar donde crujen los dientes, era exactamente igual que aquello pero con millones de voces taladrándole los oídos. El Niño estaría cansado al día siguiente, eso era una buena noticia. El Hombro durmió en paz entre los gritos desgarradores del muchacho. Quizás podría haber intentado calmarle, pero eso haría que las cosas se confundiesen y que el chico pensase que podía contar con él. Y no podía. Aquel chico estaba muerto ya, estaba destrozado y roto y jamás podría recomponerse. El Hombre aún guardaba la moneda en su bolsillo. La moneda para colocar en la boca del muchacho el día que el hilo del destino le dejase meterle una bala en la cabeza.

jueves, 26 de marzo de 2015

Cápsula 1: La Tempestad || Quinta Canción: Matar a Dios.

"Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca"
Apocalipsis 3:16 

Dos días de camino lento a través de la arena del desierto y ya empezaban a estar agotados. El Hombre había sido listo y había cogido agua de Lenguasapo antes de continuar, así que no era necesario hacer turnos para beber, ni marcarse una horas. Agua era lo único que tenían hasta que llegaran a Ventura. El Hombre no dejaba de pensar en lo que sería visitar un pueblo en el que pudiera trabajar para poder lavarse y comer decentemente. Con suerte su plan para despistar a El Diablo diera resultado, aunque ese niño...era un problema en sus cálculos.

-Nos sigue algo-dijo El Niño. El Hombre paró en seco su caballo.

No podía ser, no habían perdido tanto tiempo, no podían haber perdido tantas horas de ventaja sólo por pararse a por agua. Pero así era, El Diablo les había alcanzado y él ni siquiera se había dado cuenta.
Se giró lentamente mientras llevaba su mano a la pistola...no estaba preparado...

La arena se extendía hasta donde alcanzaba la vista y en medio de toda esa nada un animal le miraba desde lo lejos.

-¿Es un perro?-Su intención era haber dicho aquella frase con seguridad, pero le salió de dentro el tono interrogativo. No había Diablo alguno, sólo era un perro marrón rojizo, con la oreja derecha puntiaguda y la izquierda caída. En las patas llevaba manchas negras que daba al animal una imagen graciosa e inocente, parecía que llevase calcetines en sus zarpas.

El Niño se giró y sonrió por primera vez en dos días. Lo hizo tímido, con una mueca de medio lado.
-Es Zorro. Es el perro del Sheriff...-Entonces se acordó y borró la sonrisa de su cara-...lo era.

El Hombre cogió una piedra del suelo, y se la arrojó al animal. El can soltó un ruido de lamento por el golpe y retrocedió atento a si El Hombre le lanzaba más piedras.
-¡Qué haces! -El Hombre miró al chaval extrañado.
-Intento que se vaya.
-¿Te molesta que nos siga?-dijo El Niño muy serio.
-No voy a dejar que venga con nosotros, no nos dejará borrar el rastro. Y no pienso darle una gota de mi agua a un perro.
-Das de beber al caballo...
-El caballo me lleva en su costado durante todo el día. Le necesito.
-Yo le daré de mi agua...
-Tu no tienes agua. -dijo serio mientras encorvaba su espalda dispuesto a coger otra piedra- Todo el agua que hay es mio, yo lo he cogido. Si te cedo una parte es porque quiero. No voy a dejar que malgastes mi agua.
El muchacho pensó unos segundos mirando fijamente a El Hombre.
-Entonces no beberé -dijo El Niño de manera rotunda.

El Hombre no supo qué responder. Su hija nunca le hubiera contestado de aquella manera...aquel chico era mucho más listo que los otros de su edad, sabía que había ganado esa discusión sin ni si quiera empezarla. Si El Hombre le decía que no bebiera sabía que tarde o temprano él le daría agua, si no le había dejado morir en Lenguasapo no iba a hacerlo ahora, era un hombre de Dios, y el muchacho le había oído rezar tres veces cada día...lo sabía. Dios le había vuelto a jugar una mala pasada.
El Hombre maldijo a Dios en voz alta y susurró algo sobre un jaguar y una serpiente de plumas.
-...suerte has tenido.- murmuraba para sí mismo mientras miraba de un lado a otro frustrado-...sino hubieras sido pasto de sacrificio...tu y el puto perro. ¡Si hubiera elegido creer en esos dioses y no en un dios misericordioso tu vida hubiera sido muy corta, niñato!-terminó gritando. No podía perder más tiempo con aquello o no llegaría a tiempo para dar esquinazo a El Diablo-...por lo menos el chucho ha traído algo bueno.-puso un pie en el estribo y subió sentándose detrás del chico- Ahora sé que no te has quedado mudo.

Aquel chico le iba a traer la ruina. Y el perro... tenía que matar al perro antes del amanecer.

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La noche cayó como un jarro de agua fría. El Hombre intentaba explicarle al chaval por qué no iban a encender una hoguera.
-...moriremos de frío.
-Pues pégate al chucho ese. Si no sobrevives a esta noche no sobrevivirás a las que nos esperan más hacia el norte.
-Vamos hacia El Paso ¿verdad? Allí podemos intentar vender algo y comprar mantas.
-Cállate y duérmete ya o te juro por todos los demonios de los cuatro desiertos que te vendo a cualquier cura depravado en el siguiente pueblo.
El Niño guardó silencio y se dio media vuelta abrazando a Zorro muy enfadado.
-Inténtalo, siláh. 

El hombre abrió los ojos tumbado de espaldas al niño. Aquel fue el preciso instante en que se dio cuenta de que aquel muchacho era muy capaz de matarle mientras dormía. Aquel niño también era un hombre de Dios y servir al Señor cuando eres tú quien persigue es fácil, pero servirle cuando eres el perseguido es otra cosa.

A media noche El Hombre sintió algo cerca suyo, algo le tocaba. Sólo pudo pensar unos segundos mientras su mano iba hacia el revólver. Otra vez el puto perro. Había llegado el momento, El Niño dormía, no se enteraría hasta el día siguiente. Sacó el cuchillo de su bota y agarró al perro cerca de sí, Zorro se dejó coger con la confianza del perro que piensa que le van a acariciar. Mientras el hombre sostenía al perro por el pellejo de piel de su nuca el perro olisqueó la cantimplora de El Hombre y él le miró.
-Qué hijo de puta. Estás viendo el cuchillo y todavía tienes los huevos de pedirme agua.- suspiró lentamente.- Te da igual todo...

De alguna manera se vio a sí mismo reflejado y guardó el cuchillo. Abrió la cantimplora y le dio de beber entre sus manos.
-...puto perro. Al final sí que has resultado ser un diablo...-El Hombre hizo una mueca que bien podría parecer una sonrisa. Zorro había sido el único capaz de sacar una sonrisa a los dos, y sólo por eso viviría una noche más.
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Despertaron antes del amanecer para aprovechar las horas de fresco. En no mucho tiempo llegarían a su destino, quizás ese mismo día si el niño no daba mucho la murga. Una vez alli podrían vender algunas cosas y pagar unas sábanas o unas mantas con las que poder taparse cuando el sol estuviera en su punto más alto.

Aún medio dormidos, y quizás precisamente por eso, los dos comenzaron a hablar. Al principio la conversación no giraba entorno a nada, había nacido como nacen todas las conversaciones, hablando del clima. Pero casi sin darse cuenta El Hombre saltó la frontera que separaba lo trivial de lo vital.

-¿Qué pasó exactamente en Lenguasapo?-Así dijo. El niño se puso muy recto. La sangre plagó su cerebro. La sangre de familiares, la sangre de sus padres, la sangre del boliche, de su pueblo, de la única patria que había conocido. La sangre de la niña que aún amaba.
-Ya lo viste. Todos murieron.-dijo muy serio mirando al frente y sin apartar de su cara el mechón de pelo que le molestaba.
-...Es curioso, el ser humano puede hacer muchísimas cosas, es un ser muy versátil, capaz de hacerse con muchas habilidades y conocimientos. Puede ser diestro con una espada o con un revólver y a la vez ser un distinguido poeta. Puede tocar las canciones mas románticas y ser un auténtico hijo de la gran puta con las mujeres con las que se acuesta. -El niño giró la vista hacia él. No seguía el razonamiento que había llevado a El Hombre a darle ese discurso pero tenía miedo de que dijera lo que realmente había pasado en el pueblo frente al altar de fuego que habían levantado para Sussi.
-¿Qué quieres decir? ¿Y qué culo es una espada?-dijo El Niño.
-Un hombre puede aprender muchas cosas, pero jamás aprenderá a morir.- El hombre ignoró al muchacho y se quitó el sudor de la frente con el pañuelo de su cuello, después con calma volvió a atarlo en su sitio mientras hablaba- no me refiero sólo a no estar preparado para morir, no. Me refiero a que él por si mismo no puede tomar la decisión de morirse. Si llegara el caso de desear morirse sólo puede recurrir a quitarse la vida, a suicidarse. Uno no puede simplemente apagarse como lo hace el sol cada noche. Debe tener las agallas de cortarse en el antebrazo, y hacerlo fuerte y profundo. Requiere valor preparar todo el proceso, la despedida, el lugar... No es tan frío como piensa todo el mundo. La muerte es mucho más cálida de lo que se piensa.
-No tengo intención de suicidarme, no señor.
-...sólo digo que ése mismo valor se requiere también para acabar con otras personas.-El Niño trataba de pensar por qué El Hombre no decía ya lo que pensaba y no dejaba de dar vueltas para torturarle.- si mantienes tu pistola firme frente a otra persona y aprietas el gatillo la víctima ya ha perdido a su familia mucho antes de que tu bala le haya alcanzado, y lo que es peor...su familia ya lo ha perdido a él. A veces, no hay escapatoria, tu puntería supera a todos los sueños que esa persona pudiera tener ¿verdad? supera a todos los hijos que aquel hombre tuviera destinado a sacar de sus pelotas. Acabas con todo, sin aún siquiera llegar hasta él. Acabas con su mujer, con su madre...

El Niño abrió mucho los ojos. Un escalofrío detrás de otro le recorría, tanto era así que empezaba a temblar. "Va a enloquecer cuando se de cuenta, pero tiene que asumir lo que pasó." pensó
El Hombre

-Ninguno de aquellos hombres "murió". Los mataron.
-...Sí, tienes razón. La Inquisición ha acabado con todo lo que tenía. Ha matado a todas las personas que quería.
-No.

El Niño le miró, su labio inferior comenzó a temblar, las alas de su nariz se abrían y se cerraban, nerviosamente.

-...La Inquisición retira del sur más de la mitad de la plata de las minas de Baluarte, lo sé, yo fui Sheriff de la capital durante algunos años, conozco los impuestos que pagamos a la Iglesia. Usan balas de plata del calibre 35. Todos los disparos que se hicieron en Lenguasapo fueron realizados desde la espalda. La inquisición dispara una sola vez y a la cara. El disparo siempre se hace en el cráneo. El calibre de los disparos de los cuerpos que ví eran de un calibre 50 más o menos. Aproximadamente el calibre del arma de Boliche, curioso que incluso El Boliche llegara a dispararse a sí mismo por la espalda con un fusil.
>>Fuiste tú. Tú mataste a todos.- El Niño sintió como su corazón se aceleraba y la sangre le bañaba por dentro.

-Ellos...-cogió aire y lo dejó caer mientras se escapaban las lágrimas de sus ojos.-...Ellos la entregaron. Mis padres, los suyos, El Boliche... todos la entregaron ante la Inquisición... ¡No había hecho nada!-El caballo paró al leve gesto de El Hombre.-¿Cómo puede un padre sacrificar a su hijo en nombre de Dios? ¿Cómo puede odiar a su hijo por ser zurdo o pelirrojo? ¡Nos matan! Nos buscan, sin haber hecho nada malo y nos arrancan de nuestra vida...
>> Incluso se quedaron viéndola arder y gritar. Yo no pude. Tan sólo me fui corriendo al lado de Zorro, y... el arma estaba apoyada en la pared...mi padre me enseñó a disparar hace dos años. Tan sólo recordé lo que me dijo. "Espalda recta. Respira hondo. Agarra con toda la fuerza, eres muy pequeño y el retroceso te empujaría hacia atrás."-El niño se enjugó las lágrimas y los mocos con la manga de su sucia camisa. Ya no caían más desde sus ojos, ahora estaba serio- Les fui disparando. Primero a los Inquisidores, y después al resto. Y después iba a disparar a Sussi para que no sufriera...pero era tarde. Ya no gritaba.

El Hombre escuchó en silencio, después sólo hizo un gesto y el caballo comenzó a andar.
-Una espada es como un cuchillo muy largo que se usa para la guerra en el este. Ellos no usan pistolas. Si todo va bien, pronto verás el Este, pero antes tenemos que despistar a alguien.- El Niño le miró atónito desde su caballo. ¿No le iba a decir nada? Había matado a unas veinte personas, entre ellas a sus propios padres.

Como si hubiese leído sus pensamientos, El Hombre simplemente dijo:
-Se lo merecían. Ellos están muertos, tú vivo. No lo pienses, te aseguro que hay un lugar para ellos más allá. Yo vengo de allí.

El Niño hizo avanzar a su caballo, manteniéndose un poco por detrás.