lunes, 6 de octubre de 2014

Cápsula 1: La Tempestad || Cuarta Canción: La Fiebre del Oro

Los pies de El Hombre iban dejando huellas en la tierra del camino, ramas rotas, piedras movidas y todo tipo de rastros que El Diablo perseguía incansable. ¿No había sido suficiente? ¿No era Baluarte suyo, ahora que no había sheriff? El Diablo iba lento pero inexorable en pos de él ¿Por qué regodearse en esa lentitud, por qué le torturaba?

El Hombre avanzaba despacio con una pierna dolorida, con el pelo chorreando sobre su frente y sin balas en sus pistolas. Faltaban siete kilómetros para la siguiente ciudad. Siete kilómetros como los siete pecados capitales, como el número de la brujería, como las siete notas musicales, como los siete pistoleros de Tarábala, como los siete mares que rodeaban el mundo, como las siete tribus del Señor, como las siete escaleras hacia el infierno, como los siete cuernos de El Oscuro...como las 7 leyes de Babylon.

El mundo conspiraba pero El Hombre no sabía a favor de quién, él no se quería poner a sí mismo en el papel de heraldo del Bien, pero desde luego El Diablo era una representación del mal. El calor le aplastaba, y unos segundos antes de caer en el camino empredrado, sólo consiguió ver una figura alta de cuyo pelo liso crecían plumas de ave, el hombre llevaba el rostro blanco como la nieve de Alar, las cuencas de los ojos negro brillante, y su boca parecía la de un esqueleto. En su mano izquierda un metal fino, alargado y afilado brillaba desafiando a la era de la pólvora. Parecía un cadáver listo para segar lo que quedara de vida en él. La sombra que proyectaba era alargada y se movía despacio hacia su posición. En el último instante contempló cómo en la sombra se desplegaban unas alas gigantes.

"Descansa, guerrero, guarda silencio. La serpiente no te alcanzará."

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Veinticinco años dan para conocer muchos sitios, y si algo se le había quedado grabado a El Hombre de su viaje por el pueblo libre del Este era la leyenda que decía que, invisible a los ojos humanos, existe una fina cuerda que ata a las personas entre sí, no importa la distancia. A lo largo de nuestra vida sólo podemos tirar de esa cuerda y nunca aflojar, de manera que siempre nos acercaremos a aquellas personas que tienen algo que aportarnos. Y si intentamos alejarnos sin haber aprendido algo, o sin haber hecho lo que debemos o haber vivido lo que deberíamos...el hilo se tensa.

El Hombre sintió un fuerte tirón en su espalda y frenó su caballo en seco. Un escalofrío recorrió su espalda hasta su nuca, paró ahí un instante y después envió una ráfaga de frío a todo el cuerpo. Algo le decía que debía parar y miró hacia atrás.

Vio una larga columna de humo que salía de Lenguasapo, y entendió que alguien debía estar tensando su cuerda tanto que le impedía continuar. ¿Acaso guardaba una deuda tan grande con aquel pueblo por haber robado un caballo sin que ellos lo supieran? Si perdía tiempo...El Diablo ganaría días hasta él.¿Qué tenía de real aquella leyenda sobre cuerdas y personas? ¿Qué tenía de psicológico? Quizás fuese demasiado influenciable.

Golpeó con el talón a su montura e hizo que su caballo comenzara a andar...en dirección contraria. Volvería. Quetzal siempre le había dicho: "La piel de los hombres quema rápido, es la forma que la vida tiene de advertirnos: el fuego nunca es un buen augurio" Sin embargo ahí estaba él, cabalgando hacia aquello que quema a los hombres.


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El olor provocaba incluso arcadas. Tapó su boca con un pañuelo mientras tosía y evitaba vomitar. Había oscurecido mientras regresaba y ahora la visión del fuego en las casas de Lenguasapo era aterradora. Todo estaba iluminado por una luz fantasmagórica y rojiza que se colaba por cualquier hueco y creaba sombras infernales. Si su amigo el garuda hubiese estado allí, hubiera podido leer el futuro en aquellas sombras...pero Quetzal no estaba.


En medio del pueblo un poste de unos tres metros se erigía ardiendo como la representación en un tótem de un dios antiguo. A su alrededor cadáveres que en otro tiempo tuvieron sus propias cuerdas atadas a otras personas. A su alrededor cadáveres que habían tirado hasta el final de sus hilos y se habían encontrado. La mano del Don de los Maloy entrelazaba sus dedos con la Doña. Habían sido felices. El Hombre bajó de su caballo y abrió la boca de ambos y dejó rodar una moneda de oro, sólo tenía cinco y debía decidir quien podría pagar al guardián de la puerta del cielo. Le quedaban tres. Una era para guardar su propio sustento, otra para el tabernero que le había ayudado.


Cuando cavilaba en quién debía dejar rodar su última moneda vio que alguien contemplaba la hoguera sentado frente a ella con las piernas cruzadas.


El Niño tenía a su lado dos cuerpos de dos hombres de túnica negra...eran inquisidores. El Hombre dejó al niño allí mientras observaba los disparos sobre los cadáveres del Don y la Doña de los Maloy. Se acercó a los cadáveres de los inquisidores y observó los disparos. Entonces alzó la vista hacia el poste. De lo alto, colgaba una sombra atada con cadenas, era un cuerpo sin cabello, con la piel carbonizada y en una postura agarrotada.


-...No llego hasta ahí arriba...me quema.-dijo el pequeño sin dejar de mirar el fuego. Su mirada se había clavado en un punto del poste. Las manos del niño indicaban que había intentado acercarse, y las tenía ahora en carne viva.

El Hombre miró hacia arriba.
-Era una buena chica.-dijo contemplando a Sussi La Larga, más larga que nunca.- Levántate, nos vamos a casa.

El Niño le miró seriamente y el fuego se reflejó en sus ojos. El Hombre no vaciló.
-Yo no tengo casa.
-En el infierno hay sitio incluso para los niños.-sentenció El Hombre.- ...te lo aseguro.

El rostro de su hija gritando en el lugar donde crujen los dientes remplazó por un momento la de Sussi y entendió que era tarde para colocar la moneda en la boca de Sussi, como fue tarde para colocarla en la de su hija. Aquella moneda que le quedaba debía ser para el muchacho, para él no era tarde... El hombre miró su pistola por un instante y miró al chico. Se llevó la mano al arma, pero antes de poder hacer nada su brazo se tensionó, el hilo tiraba de él...aún no era el momento.

Se acordó de su amigo y de la frase que le dijo una vez: "La Madre Muerte aún no te llama para la cena"

El Niño se levantó y mientras él y El Hombre cabalgaban hacia el norte las lágrimas comenzaron a escaparse de los ojos del pequeño. No se inmutó, sólo cayeron despacio por su rostro.


Atrás quedó Lenguasapo como antaño quedara Baluarte.
Atrás quedó el alma de El Niño, como antaño quedara el de El Hombre.


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El Diablo pisó las cenizas. Aquel lugar era tan solo eso, cenizas. El frío de la noche había apagado el fuego que le había guiado hasta allí. El Sol dejó asomar su rostro, y un rayo de luz recorrió el suelo del pueblo humeante hasta llegar al cadáver de un hombre con bigote. Un brillo cegó a El Diablo por un momento, un brillo dorado...


...La armónica de oro del antiguo sheriff de Baluarte descansaba en el bolsillo de aquel hombre. El Sheriff se quería deshacer de su pasado, pero el pasado siempre nos alcanza cuando no hacemos más que huir de él.