lunes, 5 de octubre de 2015

Cápsula 1: La Tempestad || Sexta Canción: Lanza del dolor.

-¿Sobreviviste a la caída por el barranco?

-No.

-Pues lo parece. Estas aquí ¿No?

-Eso parece. Intenté huir lejos de Baluarte después de aquello, al principio creía que perseguía a El Diablo pero tiempo después entendí que realmente huía de él. Ahora he vuelto a cambiar de plan.

-¿qué quieres decir? -Dijo El Niño mirándole extrañado- ¿Ya no huyes? ¿Tienes un plan?

-No quiero hablar de eso.- El Hombre intentaba no sonreír pero si uno se fijaba bien podía ver una minúscula media sonrisa- ¿Nunca has tenido la sensación de que si dices algo en voz alta todo se irá al traste? -El Niño asintió con la cabeza recordando un juego de mesa al que jugaba con La Larga. Aún le dolía pensar en ella, pero por alguna razón le reconfortaba recordarla.

El Hombre paró a su caballo, echó las riendas a un lado y bajó lentamente.
-¿Paramos?-El Niño miró extrañado a El Hombre.

-Paramos. Haremos noche, no nos dará tiempo a llegar a Ventura, mucho menos hasta El Paso. Caerá el sol en una hora o dos, podemos comer lo que nos queda antes de que oscurezca. -El Hombre empezó a quitar la silla del caballo con firmeza y seguridad. Desató la cincha y los arreos y le quitó la embocadura, lo que el animal pareció agradecer con un gesto de mandíbula.

El Niño fue sacando la comida de la mochila de El Hombre, sacó tocineta seca y dura, cebolla, queso y pan de mantequilla. Cuando se sentaron el muchacho siguió preguntando.

-¿Cuánto tiempo ha pasado desde lo de Baluarte? Yo no he oído que las leyes del Oeste hayan llegado al Sur.

-Porque no llegaron. El Diablo fue expulsado a la mañana siguiente por el hermano de Leiva, mi mano derecha, al Ehlir ni si quiera le dio tiempo a escribir la noticia, mucho menos a llevarla a otras ciudades. Supongo que él es el Sheriff ahora, no lo sé seguro.

-¿Has viajado sólo desde entonces?- El Niño le miraba mientras mordía una de las capas internas de una cebolla.

-Vagué durante días por el valle que llevaba hasta Lenguasapo. Me desmayé a los siete días. ¿Has oído la expresión "más largo que un día sin pan"? -El niño asintió rapidamente para que El Hombre no parara de contar la historia.- Bueno, pues fueron los siete días más largos de mi vida, y cuando ya no podía más Dios puso un amigo en mi camino. -El niño se rascó la cara con la manga de su camisa que le quedaba grande y estaba sucia y polvorienta.

-Dios no hizo nada -Las palabras salieron de la boca de El Niño pero parecía que hubieran salido de la boca de un anciano. El Hombre entendió que aquel niño no podía ser normal, no hablaba siempre como un niño. Unas veces era demasiado crío, y otras veces le superaba en madurez o en cultura. Y eso le asustaba- si Dios hubiese tenido algo que hacer por ti estoy seguro de que no sería poner a alguien en tu camino. Si Dios tuviese que hacer algo por ti... ¿no tendría que haber sido salvar a tu familia? No se por qué crees en Dios si él te odia, eres Siláh para él. Naciste de un demonio según Los Siete Libros.

-Si guardase los dientes de todas las personas a las que les he partido la boca por decirme eso podría hacerte un ataúd. No pases la línea que no tienes que pasar muchacho.

-...sólo digo lo que pone en Los Siete Libros. "No arrojéis al fuego a quienes tengan su cabello anaranjado pues su alma no arde, ellos son Siláh, hijos de El Oscuro cuya misión es quebrantar vuestra fe."-recitó el chico.

El Hombre permaneció callado, no le había dicho a nadie que él había visto lo que había más allá y que aquellos libros... eran sólo palabras amontonadas con cierta gracia y elegancia.

-...Dios puso a Quetzal en mi camino.-El Niño le miró mientras comía su último pedazo de pan dulce tolerando la versión de El Hombre- Quetzal era un hombre extraño, vestía raro, hablaba raro, y creía en cosas muy raras.

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El Hombre despertó. Otro hombre le miraba desde el lado opuesto de una hoguera, tenía la cabeza ladeada para situarla en el mismo ángulo que la de El Hombre que le veía distorsionado por el calor que ascendía por encima del fuego. Se comenzó a incorporar.
-¿Quién eres tú?
-Quetzal Makuro.
-...¿De dónde viene ese nombre?
-...Pues de mi madre. Ella me lo puso, claro. -dijo el extraño hombre sorprendido por la pregunta. De pronto puso cara de sospecha, quizás El Hombre se refería a algo qué él no entendía.
-Genial, un gracioso. No eres del Norte ¿verdad?
-Soy del Este, más allá de Tara y La Espina. ¿Cuál es tu nombre hombre?
-...hombre es un buen nombre.- Quetzal le miró extrañado sin entender.
-En mi lengua te llamas Kaito.
-¿Cómo puedes saber eso, si ni sabes mi nombre?
-Porque así llamamos a los que mueren y vuelven a la vida.

Quetzal tenía en los pies un calzado que apenas le cubria, eran unos zapatos toscos que se ataban al dedo pulgar del pie y al meñique. Tenia la piel muy bronceada y nada de vello en el cuerpo. Un pantalón ajustado y negro lleno correas. Llevaba un poncho muy oscuro y viejo, y nada debajo, sólo se entreveían algunos tatuajes por su costado. Quetzal parecía fibrado y delgado a simple vista, tenía un cuello fuerte pero fino y llevaba toda la cara pintada de blanco, excepto una linea en horizontal que atravesaba su cara a la altura justa de los ojos lo que le daba una mirada profunda e incluso siniestra. Su pelo era largo, muy liso y brillante y llevaba muchos adornos negros en la cabeza de los cuales colgaban hilos que sostenían enterradas entre el pelo pequeñas plumas negras. Seguramente plumas de grajos o cuervos.  A su lado había una capa negra y raída.

-Te persigue la serpiente. Mi pueblo lleva muchos años matando a la serpiente.

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En aquella habitación dormían trece personas. Trece. El amo Vile las dejaba descansar allí, y Ella era la encargada de cuidar a las chicas que volvían de calmar a su señor blanco. Ante ella una niña de catorce años ya no sería una niña nunca más, lloraba, pero en silencio. Sus lágrimas simplemente brotaban, se deslizaban y morían en sus mejillas. Ella miraba a la nunca más niña, le abría las piernas con cuidado. Qué desastre.
-Sul yu iere.-pronunciaba mientras metía los dedos en una crema pringosa y curaba a la pequeña ainur.- Si el señor la llama mañana habrá problemas, una de las más jóvenes debe cubrir su puesto si la llaman.
Una mujer anciana asintió con la cabeza y marchó a hablar con una chica para explicarle que mañana seguramente debería morir otro poco. Cuando acabó, Ella fue a buscar su pequeño macuto y extrajo unas piedras talladas.
-De. Vanar an lara.- arrojó las piedras, y ahí estaba, inamovible la imagen de su futuro. Ella podía leer el destino en las runas y desde hacía tres días siempre salía lo mismo. La runa Raido marcaba el cambio que estaba por llegar, el giro en el guión de esa trama que era su vida. Mhar mostraba un viaje. Kuldur le dejaba claro que nadie moriría a su alrededor y Saldar le decía que ella corría peligro. Fahra se mostraba invertida y eso le decía algo sobre moverse, apartarse, lanzarse...no estaba claro. Y Hule, la runa del varón que a la diestra de Mhar significaba la llegada de un hombre.

Ella miraba a todas sus hermanas con miedo. ¿Cuando llegaría el hombre que las salvaría?

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-Viajé con Quetzal durante varias semanas, el camino desde Baluarte es realmente largo, y muy monótono ¿sabes? No hay nada, sólo arena, piedras, hierba seca y alguna casa perdida cerca de un pequeño arroyo o un pequeño lago.

El Niño escuchaba atentamente a El Hombre y no podía imaginar qué pasaría cuando El Diablo le encontrase. ¿Qué plan tenía? Todas las historias sobre El Diablo eran escalofriantes. Era el líder de un grupo de bandidos del oeste. El oeste era muy diferente al resto de territorios en muchas cosas, no tenía leyes, no había sheriffs ni había alcaldes. Vivían en una guerra civil constante, y en una guerra contra el resto que era imparable, querían llevar su tipo de gobierno al resto de los territorios. Todo el mundo hablaba de "anarquía" cuando hablaba del oeste, una anarquía que había funcionado muchos años perfectamente hasta que El Diablo y su gente empezaron a robar y a matar sin contemplaciones. Las historias decían que no había una razón para que hicieran aquello, simplemente eran malvados, pérfidos. Algunos decían que su sangre era negra, que si les veías a la luz de la luna veías su verdadero rostro de demonios. Los inquisidores rápidamente viajaron al oeste para liquidar a toda aquella gente. Los inquisidores eran miembros de La Iglesia que viajaban ajusticiando a quien no siguiera la senda del Señor, como Sussi. El Niño seguía sin entender en qué momento se había alejado La Larga del camino del Señor...si ya había nacido negra. Qué culpa tenía ella de nacer así, ¿la creó Dios para morir quemada en una enorme pira?. ¿Le había creado Dios a él para matar a todas aquellas personas?

Las caras de la gente de Lenguasapo pasaron por su mente a toda velocidad, una y otra vez. Todos podemos intentar alejar el dolor de muchas maneras. Podemos dormir e intentar alejarnos en el tiempo de ese suceso que nos aterra. Podemos culpar a otros, intentar correr, huir de ese golpe que nos quiere alcanzar. Pero el dolor, al igual que la muerte, es algo de lo que nadie puede escapar. Son dos de las cosas más importantes con las que una persona tiene que aprender a vivir: la certeza de que morirá, y la certeza de que sufrirá.
Después de varios días el dolor llegó corriendo desde Lenguasapo y alcanzó a El Niño con su lanza atravesandole el corazón. Fué en ese instante en el que se hizo la pregunta que le despertaría del trance que le mantenia serio, frío y a seguro: "¿Qué he hecho?"

El Hombre tuvo que escuchar al niño llorar toda la noche, no se quedaba sin fuerzas, lloraba a pleno pulmón, la voz se le rompía, convulsionaba, se golpeaba, temblaba. El Hombre recordó el lugar donde crujen los dientes, era exactamente igual que aquello pero con millones de voces taladrándole los oídos. El Niño estaría cansado al día siguiente, eso era una buena noticia. El Hombro durmió en paz entre los gritos desgarradores del muchacho. Quizás podría haber intentado calmarle, pero eso haría que las cosas se confundiesen y que el chico pensase que podía contar con él. Y no podía. Aquel chico estaba muerto ya, estaba destrozado y roto y jamás podría recomponerse. El Hombre aún guardaba la moneda en su bolsillo. La moneda para colocar en la boca del muchacho el día que el hilo del destino le dejase meterle una bala en la cabeza.

jueves, 26 de marzo de 2015

Cápsula 1: La Tempestad || Quinta Canción: Matar a Dios.

"Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca"
Apocalipsis 3:16 

Dos días de camino lento a través de la arena del desierto y ya empezaban a estar agotados. El Hombre había sido listo y había cogido agua de Lenguasapo antes de continuar, así que no era necesario hacer turnos para beber, ni marcarse una horas. Agua era lo único que tenían hasta que llegaran a Ventura. El Hombre no dejaba de pensar en lo que sería visitar un pueblo en el que pudiera trabajar para poder lavarse y comer decentemente. Con suerte su plan para despistar a El Diablo diera resultado, aunque ese niño...era un problema en sus cálculos.

-Nos sigue algo-dijo El Niño. El Hombre paró en seco su caballo.

No podía ser, no habían perdido tanto tiempo, no podían haber perdido tantas horas de ventaja sólo por pararse a por agua. Pero así era, El Diablo les había alcanzado y él ni siquiera se había dado cuenta.
Se giró lentamente mientras llevaba su mano a la pistola...no estaba preparado...

La arena se extendía hasta donde alcanzaba la vista y en medio de toda esa nada un animal le miraba desde lo lejos.

-¿Es un perro?-Su intención era haber dicho aquella frase con seguridad, pero le salió de dentro el tono interrogativo. No había Diablo alguno, sólo era un perro marrón rojizo, con la oreja derecha puntiaguda y la izquierda caída. En las patas llevaba manchas negras que daba al animal una imagen graciosa e inocente, parecía que llevase calcetines en sus zarpas.

El Niño se giró y sonrió por primera vez en dos días. Lo hizo tímido, con una mueca de medio lado.
-Es Zorro. Es el perro del Sheriff...-Entonces se acordó y borró la sonrisa de su cara-...lo era.

El Hombre cogió una piedra del suelo, y se la arrojó al animal. El can soltó un ruido de lamento por el golpe y retrocedió atento a si El Hombre le lanzaba más piedras.
-¡Qué haces! -El Hombre miró al chaval extrañado.
-Intento que se vaya.
-¿Te molesta que nos siga?-dijo El Niño muy serio.
-No voy a dejar que venga con nosotros, no nos dejará borrar el rastro. Y no pienso darle una gota de mi agua a un perro.
-Das de beber al caballo...
-El caballo me lleva en su costado durante todo el día. Le necesito.
-Yo le daré de mi agua...
-Tu no tienes agua. -dijo serio mientras encorvaba su espalda dispuesto a coger otra piedra- Todo el agua que hay es mio, yo lo he cogido. Si te cedo una parte es porque quiero. No voy a dejar que malgastes mi agua.
El muchacho pensó unos segundos mirando fijamente a El Hombre.
-Entonces no beberé -dijo El Niño de manera rotunda.

El Hombre no supo qué responder. Su hija nunca le hubiera contestado de aquella manera...aquel chico era mucho más listo que los otros de su edad, sabía que había ganado esa discusión sin ni si quiera empezarla. Si El Hombre le decía que no bebiera sabía que tarde o temprano él le daría agua, si no le había dejado morir en Lenguasapo no iba a hacerlo ahora, era un hombre de Dios, y el muchacho le había oído rezar tres veces cada día...lo sabía. Dios le había vuelto a jugar una mala pasada.
El Hombre maldijo a Dios en voz alta y susurró algo sobre un jaguar y una serpiente de plumas.
-...suerte has tenido.- murmuraba para sí mismo mientras miraba de un lado a otro frustrado-...sino hubieras sido pasto de sacrificio...tu y el puto perro. ¡Si hubiera elegido creer en esos dioses y no en un dios misericordioso tu vida hubiera sido muy corta, niñato!-terminó gritando. No podía perder más tiempo con aquello o no llegaría a tiempo para dar esquinazo a El Diablo-...por lo menos el chucho ha traído algo bueno.-puso un pie en el estribo y subió sentándose detrás del chico- Ahora sé que no te has quedado mudo.

Aquel chico le iba a traer la ruina. Y el perro... tenía que matar al perro antes del amanecer.

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La noche cayó como un jarro de agua fría. El Hombre intentaba explicarle al chaval por qué no iban a encender una hoguera.
-...moriremos de frío.
-Pues pégate al chucho ese. Si no sobrevives a esta noche no sobrevivirás a las que nos esperan más hacia el norte.
-Vamos hacia El Paso ¿verdad? Allí podemos intentar vender algo y comprar mantas.
-Cállate y duérmete ya o te juro por todos los demonios de los cuatro desiertos que te vendo a cualquier cura depravado en el siguiente pueblo.
El Niño guardó silencio y se dio media vuelta abrazando a Zorro muy enfadado.
-Inténtalo, siláh. 

El hombre abrió los ojos tumbado de espaldas al niño. Aquel fue el preciso instante en que se dio cuenta de que aquel muchacho era muy capaz de matarle mientras dormía. Aquel niño también era un hombre de Dios y servir al Señor cuando eres tú quien persigue es fácil, pero servirle cuando eres el perseguido es otra cosa.

A media noche El Hombre sintió algo cerca suyo, algo le tocaba. Sólo pudo pensar unos segundos mientras su mano iba hacia el revólver. Otra vez el puto perro. Había llegado el momento, El Niño dormía, no se enteraría hasta el día siguiente. Sacó el cuchillo de su bota y agarró al perro cerca de sí, Zorro se dejó coger con la confianza del perro que piensa que le van a acariciar. Mientras el hombre sostenía al perro por el pellejo de piel de su nuca el perro olisqueó la cantimplora de El Hombre y él le miró.
-Qué hijo de puta. Estás viendo el cuchillo y todavía tienes los huevos de pedirme agua.- suspiró lentamente.- Te da igual todo...

De alguna manera se vio a sí mismo reflejado y guardó el cuchillo. Abrió la cantimplora y le dio de beber entre sus manos.
-...puto perro. Al final sí que has resultado ser un diablo...-El Hombre hizo una mueca que bien podría parecer una sonrisa. Zorro había sido el único capaz de sacar una sonrisa a los dos, y sólo por eso viviría una noche más.
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Despertaron antes del amanecer para aprovechar las horas de fresco. En no mucho tiempo llegarían a su destino, quizás ese mismo día si el niño no daba mucho la murga. Una vez alli podrían vender algunas cosas y pagar unas sábanas o unas mantas con las que poder taparse cuando el sol estuviera en su punto más alto.

Aún medio dormidos, y quizás precisamente por eso, los dos comenzaron a hablar. Al principio la conversación no giraba entorno a nada, había nacido como nacen todas las conversaciones, hablando del clima. Pero casi sin darse cuenta El Hombre saltó la frontera que separaba lo trivial de lo vital.

-¿Qué pasó exactamente en Lenguasapo?-Así dijo. El niño se puso muy recto. La sangre plagó su cerebro. La sangre de familiares, la sangre de sus padres, la sangre del boliche, de su pueblo, de la única patria que había conocido. La sangre de la niña que aún amaba.
-Ya lo viste. Todos murieron.-dijo muy serio mirando al frente y sin apartar de su cara el mechón de pelo que le molestaba.
-...Es curioso, el ser humano puede hacer muchísimas cosas, es un ser muy versátil, capaz de hacerse con muchas habilidades y conocimientos. Puede ser diestro con una espada o con un revólver y a la vez ser un distinguido poeta. Puede tocar las canciones mas románticas y ser un auténtico hijo de la gran puta con las mujeres con las que se acuesta. -El niño giró la vista hacia él. No seguía el razonamiento que había llevado a El Hombre a darle ese discurso pero tenía miedo de que dijera lo que realmente había pasado en el pueblo frente al altar de fuego que habían levantado para Sussi.
-¿Qué quieres decir? ¿Y qué culo es una espada?-dijo El Niño.
-Un hombre puede aprender muchas cosas, pero jamás aprenderá a morir.- El hombre ignoró al muchacho y se quitó el sudor de la frente con el pañuelo de su cuello, después con calma volvió a atarlo en su sitio mientras hablaba- no me refiero sólo a no estar preparado para morir, no. Me refiero a que él por si mismo no puede tomar la decisión de morirse. Si llegara el caso de desear morirse sólo puede recurrir a quitarse la vida, a suicidarse. Uno no puede simplemente apagarse como lo hace el sol cada noche. Debe tener las agallas de cortarse en el antebrazo, y hacerlo fuerte y profundo. Requiere valor preparar todo el proceso, la despedida, el lugar... No es tan frío como piensa todo el mundo. La muerte es mucho más cálida de lo que se piensa.
-No tengo intención de suicidarme, no señor.
-...sólo digo que ése mismo valor se requiere también para acabar con otras personas.-El Niño trataba de pensar por qué El Hombre no decía ya lo que pensaba y no dejaba de dar vueltas para torturarle.- si mantienes tu pistola firme frente a otra persona y aprietas el gatillo la víctima ya ha perdido a su familia mucho antes de que tu bala le haya alcanzado, y lo que es peor...su familia ya lo ha perdido a él. A veces, no hay escapatoria, tu puntería supera a todos los sueños que esa persona pudiera tener ¿verdad? supera a todos los hijos que aquel hombre tuviera destinado a sacar de sus pelotas. Acabas con todo, sin aún siquiera llegar hasta él. Acabas con su mujer, con su madre...

El Niño abrió mucho los ojos. Un escalofrío detrás de otro le recorría, tanto era así que empezaba a temblar. "Va a enloquecer cuando se de cuenta, pero tiene que asumir lo que pasó." pensó
El Hombre

-Ninguno de aquellos hombres "murió". Los mataron.
-...Sí, tienes razón. La Inquisición ha acabado con todo lo que tenía. Ha matado a todas las personas que quería.
-No.

El Niño le miró, su labio inferior comenzó a temblar, las alas de su nariz se abrían y se cerraban, nerviosamente.

-...La Inquisición retira del sur más de la mitad de la plata de las minas de Baluarte, lo sé, yo fui Sheriff de la capital durante algunos años, conozco los impuestos que pagamos a la Iglesia. Usan balas de plata del calibre 35. Todos los disparos que se hicieron en Lenguasapo fueron realizados desde la espalda. La inquisición dispara una sola vez y a la cara. El disparo siempre se hace en el cráneo. El calibre de los disparos de los cuerpos que ví eran de un calibre 50 más o menos. Aproximadamente el calibre del arma de Boliche, curioso que incluso El Boliche llegara a dispararse a sí mismo por la espalda con un fusil.
>>Fuiste tú. Tú mataste a todos.- El Niño sintió como su corazón se aceleraba y la sangre le bañaba por dentro.

-Ellos...-cogió aire y lo dejó caer mientras se escapaban las lágrimas de sus ojos.-...Ellos la entregaron. Mis padres, los suyos, El Boliche... todos la entregaron ante la Inquisición... ¡No había hecho nada!-El caballo paró al leve gesto de El Hombre.-¿Cómo puede un padre sacrificar a su hijo en nombre de Dios? ¿Cómo puede odiar a su hijo por ser zurdo o pelirrojo? ¡Nos matan! Nos buscan, sin haber hecho nada malo y nos arrancan de nuestra vida...
>> Incluso se quedaron viéndola arder y gritar. Yo no pude. Tan sólo me fui corriendo al lado de Zorro, y... el arma estaba apoyada en la pared...mi padre me enseñó a disparar hace dos años. Tan sólo recordé lo que me dijo. "Espalda recta. Respira hondo. Agarra con toda la fuerza, eres muy pequeño y el retroceso te empujaría hacia atrás."-El niño se enjugó las lágrimas y los mocos con la manga de su sucia camisa. Ya no caían más desde sus ojos, ahora estaba serio- Les fui disparando. Primero a los Inquisidores, y después al resto. Y después iba a disparar a Sussi para que no sufriera...pero era tarde. Ya no gritaba.

El Hombre escuchó en silencio, después sólo hizo un gesto y el caballo comenzó a andar.
-Una espada es como un cuchillo muy largo que se usa para la guerra en el este. Ellos no usan pistolas. Si todo va bien, pronto verás el Este, pero antes tenemos que despistar a alguien.- El Niño le miró atónito desde su caballo. ¿No le iba a decir nada? Había matado a unas veinte personas, entre ellas a sus propios padres.

Como si hubiese leído sus pensamientos, El Hombre simplemente dijo:
-Se lo merecían. Ellos están muertos, tú vivo. No lo pienses, te aseguro que hay un lugar para ellos más allá. Yo vengo de allí.

El Niño hizo avanzar a su caballo, manteniéndose un poco por detrás.

lunes, 6 de octubre de 2014

Cápsula 1: La Tempestad || Cuarta Canción: La Fiebre del Oro

Los pies de El Hombre iban dejando huellas en la tierra del camino, ramas rotas, piedras movidas y todo tipo de rastros que El Diablo perseguía incansable. ¿No había sido suficiente? ¿No era Baluarte suyo, ahora que no había sheriff? El Diablo iba lento pero inexorable en pos de él ¿Por qué regodearse en esa lentitud, por qué le torturaba?

El Hombre avanzaba despacio con una pierna dolorida, con el pelo chorreando sobre su frente y sin balas en sus pistolas. Faltaban siete kilómetros para la siguiente ciudad. Siete kilómetros como los siete pecados capitales, como el número de la brujería, como las siete notas musicales, como los siete pistoleros de Tarábala, como los siete mares que rodeaban el mundo, como las siete tribus del Señor, como las siete escaleras hacia el infierno, como los siete cuernos de El Oscuro...como las 7 leyes de Babylon.

El mundo conspiraba pero El Hombre no sabía a favor de quién, él no se quería poner a sí mismo en el papel de heraldo del Bien, pero desde luego El Diablo era una representación del mal. El calor le aplastaba, y unos segundos antes de caer en el camino empredrado, sólo consiguió ver una figura alta de cuyo pelo liso crecían plumas de ave, el hombre llevaba el rostro blanco como la nieve de Alar, las cuencas de los ojos negro brillante, y su boca parecía la de un esqueleto. En su mano izquierda un metal fino, alargado y afilado brillaba desafiando a la era de la pólvora. Parecía un cadáver listo para segar lo que quedara de vida en él. La sombra que proyectaba era alargada y se movía despacio hacia su posición. En el último instante contempló cómo en la sombra se desplegaban unas alas gigantes.

"Descansa, guerrero, guarda silencio. La serpiente no te alcanzará."

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Veinticinco años dan para conocer muchos sitios, y si algo se le había quedado grabado a El Hombre de su viaje por el pueblo libre del Este era la leyenda que decía que, invisible a los ojos humanos, existe una fina cuerda que ata a las personas entre sí, no importa la distancia. A lo largo de nuestra vida sólo podemos tirar de esa cuerda y nunca aflojar, de manera que siempre nos acercaremos a aquellas personas que tienen algo que aportarnos. Y si intentamos alejarnos sin haber aprendido algo, o sin haber hecho lo que debemos o haber vivido lo que deberíamos...el hilo se tensa.

El Hombre sintió un fuerte tirón en su espalda y frenó su caballo en seco. Un escalofrío recorrió su espalda hasta su nuca, paró ahí un instante y después envió una ráfaga de frío a todo el cuerpo. Algo le decía que debía parar y miró hacia atrás.

Vio una larga columna de humo que salía de Lenguasapo, y entendió que alguien debía estar tensando su cuerda tanto que le impedía continuar. ¿Acaso guardaba una deuda tan grande con aquel pueblo por haber robado un caballo sin que ellos lo supieran? Si perdía tiempo...El Diablo ganaría días hasta él.¿Qué tenía de real aquella leyenda sobre cuerdas y personas? ¿Qué tenía de psicológico? Quizás fuese demasiado influenciable.

Golpeó con el talón a su montura e hizo que su caballo comenzara a andar...en dirección contraria. Volvería. Quetzal siempre le había dicho: "La piel de los hombres quema rápido, es la forma que la vida tiene de advertirnos: el fuego nunca es un buen augurio" Sin embargo ahí estaba él, cabalgando hacia aquello que quema a los hombres.


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El olor provocaba incluso arcadas. Tapó su boca con un pañuelo mientras tosía y evitaba vomitar. Había oscurecido mientras regresaba y ahora la visión del fuego en las casas de Lenguasapo era aterradora. Todo estaba iluminado por una luz fantasmagórica y rojiza que se colaba por cualquier hueco y creaba sombras infernales. Si su amigo el garuda hubiese estado allí, hubiera podido leer el futuro en aquellas sombras...pero Quetzal no estaba.


En medio del pueblo un poste de unos tres metros se erigía ardiendo como la representación en un tótem de un dios antiguo. A su alrededor cadáveres que en otro tiempo tuvieron sus propias cuerdas atadas a otras personas. A su alrededor cadáveres que habían tirado hasta el final de sus hilos y se habían encontrado. La mano del Don de los Maloy entrelazaba sus dedos con la Doña. Habían sido felices. El Hombre bajó de su caballo y abrió la boca de ambos y dejó rodar una moneda de oro, sólo tenía cinco y debía decidir quien podría pagar al guardián de la puerta del cielo. Le quedaban tres. Una era para guardar su propio sustento, otra para el tabernero que le había ayudado.


Cuando cavilaba en quién debía dejar rodar su última moneda vio que alguien contemplaba la hoguera sentado frente a ella con las piernas cruzadas.


El Niño tenía a su lado dos cuerpos de dos hombres de túnica negra...eran inquisidores. El Hombre dejó al niño allí mientras observaba los disparos sobre los cadáveres del Don y la Doña de los Maloy. Se acercó a los cadáveres de los inquisidores y observó los disparos. Entonces alzó la vista hacia el poste. De lo alto, colgaba una sombra atada con cadenas, era un cuerpo sin cabello, con la piel carbonizada y en una postura agarrotada.


-...No llego hasta ahí arriba...me quema.-dijo el pequeño sin dejar de mirar el fuego. Su mirada se había clavado en un punto del poste. Las manos del niño indicaban que había intentado acercarse, y las tenía ahora en carne viva.

El Hombre miró hacia arriba.
-Era una buena chica.-dijo contemplando a Sussi La Larga, más larga que nunca.- Levántate, nos vamos a casa.

El Niño le miró seriamente y el fuego se reflejó en sus ojos. El Hombre no vaciló.
-Yo no tengo casa.
-En el infierno hay sitio incluso para los niños.-sentenció El Hombre.- ...te lo aseguro.

El rostro de su hija gritando en el lugar donde crujen los dientes remplazó por un momento la de Sussi y entendió que era tarde para colocar la moneda en la boca de Sussi, como fue tarde para colocarla en la de su hija. Aquella moneda que le quedaba debía ser para el muchacho, para él no era tarde... El hombre miró su pistola por un instante y miró al chico. Se llevó la mano al arma, pero antes de poder hacer nada su brazo se tensionó, el hilo tiraba de él...aún no era el momento.

Se acordó de su amigo y de la frase que le dijo una vez: "La Madre Muerte aún no te llama para la cena"

El Niño se levantó y mientras él y El Hombre cabalgaban hacia el norte las lágrimas comenzaron a escaparse de los ojos del pequeño. No se inmutó, sólo cayeron despacio por su rostro.


Atrás quedó Lenguasapo como antaño quedara Baluarte.
Atrás quedó el alma de El Niño, como antaño quedara el de El Hombre.


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El Diablo pisó las cenizas. Aquel lugar era tan solo eso, cenizas. El frío de la noche había apagado el fuego que le había guiado hasta allí. El Sol dejó asomar su rostro, y un rayo de luz recorrió el suelo del pueblo humeante hasta llegar al cadáver de un hombre con bigote. Un brillo cegó a El Diablo por un momento, un brillo dorado...


...La armónica de oro del antiguo sheriff de Baluarte descansaba en el bolsillo de aquel hombre. El Sheriff se quería deshacer de su pasado, pero el pasado siempre nos alcanza cuando no hacemos más que huir de él.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Cápsula 1: La Tempestad || Tercera Canción: Allí donde crujen los dientes.

"Les reconoceréis por su piel" rezaba la biblia de cuero negro y páginas doradas que sujetaba el niño con su mano izquierda "por sus manos, por su cabello, por sus ojos. Aquellos que porten la marca negra en su piel habrán de ser quemados, sangre de Brujos son y de sus entrañas exhala el hedor de la hechicería. Dejad colgados a quienes no usen la mano de Dios, pues ellos llevan la marca del Demonio y son raleé para El Señor. No arrojéis al fuego a quienes tengan su cabello anaranjado pues su alma no arde, ellos son Siláh, hijos de El Oscuro cuya misión es quebrantar vuestra fe. Y de aquellos que porten ojos del color del cielo no creáis palabra, y no dejéis que sean judgados pues portan el color de la mentira en su rostro, y os engañarán y os traerán perdición. Así Dios puso esos ojos en su rostro para que fueran reconocibles. A éstos Labrosii enterradles vivos, de forma que no vuelvan a contemplar la creación de Dios."

Cerró el viejo libro y se quedó mirando la portada pensando que era curioso que siempre se dijese que Dios amaba a todos sus hijos y sin embargo pusiera tantas excepciones, y diera tantos detalles de qué hacer con ellas. El niño volvió a dejar la biblia en el cajón de la cómoda de su madre y salió sigiloso de la habitación. Una vez fuera ya no había peligro de ser descubierto asi que tranquilamente se encaminó hacia la calle acariciando la empuñadura de su pistola de madera. El Niño soñaba ser como uno de esos pistoleros de Babylon, frío y calculador. Soñaba con ser como Cowboy Leroy y ser rodeado como él lo fue de una decena de personas que intentaran matarle. Cowboy Leroy había empuñado sus dos viejas volcanic y comenzado a disparar recibiendo sólo un balazo en el pie izquierdo. Leroy era todo un héroe mitad histórico mitad leyenda que había viajado hacia el oeste para matar a un aquelarre de raleé. A veces El Niño fantaseaba con vivir aquella historia, o alguna parecida, él solo contra el mundo...bueno solo quizás no, quizás Sussi podría ir con él.

Pero Sussi estaba demasiado ocupada desnudando al viajero con la mirada. El Niño se encaminó hacia la taberna, quizás su amiga se dignara a salir de allí.

El calor de media tarde era abrasador, caía sobre la calle de Lenguasapo como una avalancha de arena sobre una hormiga. El Niño puso su vista en el horizonte y vio como el demonio intentaba engañarle creando la imagen de agua a lo lejos. El calor creaba un espejismo extraño en la arena, pero él sabía que era mentira, el Padre Zachary le había hablado muchas veces de esas ilusiones. A lo lejos entre sombras y la ilusion se distinguían dos hombres montados a caballo dirigiéndose hacia Lenguasapo.

-El Ehlir! Ha llegado el Ehlir!- Entro gritando aquello en la taberna, y los pocos que habia alli sonrieron aliviados.

Trebor salió y cuando comprobó que ciertamente debían ser caballeros del Ehlir entró dentro para hacerles un pastel de manzana. Según sus cálculos, los hombres llegarían al caer el sol.

Sussi miró a El Niño y en su mirada parecía entrever a otra persona diferente. Tenía un rostro frío, pero a la vez parecía mucho más feliz, como si hubiera encontrado algo que le faltaba. Ella vio en El Niño un gesto que hacía algún tiempo que no veía. Hacía unos meses un hombre vestido de negro llegó y le regaló una estrella de Sheriff. El muchacho casi llora de la alegría, y aquel hombre calvo y con barba se fué dejándole una estrella de oro que rezaba "Baluarte. Por Ley contra el Caos." El Niño tardó tan sólo siete dias en perder la estrella. Y aquella mirada que tuvo cuando fue a contárselo a Sussi, era la mirada que tenía ahora que era Sussi en sí mismo lo que había perdido. Jamás encontró aquella estrella, como jamás encontraría a la vieja Sussi con la que jugaba en la calle. El muchacho entendió aquello casi de golpe, y salió de allí. Quizás podría jugar con el perro de Boliche.

El Hombre se levantó y se dirigió hacia Troy Trebor.
-Me iré hoy.
-Tienes pagada una noche más hijo. ¿No quieres aprovecharla?
-Me bastará con algo de comida, agua y un sombrero para el viaje.
-Como quieras hijo- Trebor preparó todo. y se lo dió.- El sombrero es algo viejo ya, pero le he cuidado bien.-Ciertamente el sombrero parecía haber sido engrasado como si de unas botas se tratase. - Que tengas buen pisa. Camina en firme.
-Camina en firme- repondió El Hombre saliendo por la puerta y montando en su caballo. Ninguno de los que allí se hallaba le volvería a ver nunca más.

***

El Hombre se arrastraba. Cerca de él estaba el caballo en el que había caído por el barranco, la sangre salía por la boca del animal, por las orejas, los ojos y por cualquier recobeco que pudiera usar para salir. ¿Cómo podía estar saliendo la sangre del animal? Él había estado mucho tiempo caminando donde crujen los dientes y se rasgan las uñas...¿Acaso el mundo se había parado?

La respuesta llegó en forma de una imagen cruel, una mas. Su niña de diez años yacía unos metros más allá en una contorsión siniestra e imposible. Pero El Hombre no lloró, porque las lagrimas salen del alma. Se arrastró con paciencia hasta ella, cortó la cuerda que ataba a la pequeña al caballo, tomó sus delgados brazos y los colocó sobre su pecho, agarró sus piernas y las enderezó como si pusiera en posición a una de esas muñecas de trapo con las que jugaba. Después se tumbó bocarriba a su lado y descansó. Después de muchos minutos hizo una evaluación de su estado, intentó mover las piernas pero le dolían demasiado y tenía el tobillo izquierdo descolocado, la cadera le impedía doblar la cintura bien, tenía varias costillas rotas pero ninguna había perforado ningún órgano vital, el cuello era lo que más le dolía, las muñecas le crujían y le faltaba algún diente o estaban partidos.

Su hija jamás le volvería a mirar como solía hacerlo. Esa mirada...
El Hombre se reincorporó y fue recordando la caída. No había muerto en el acto, había estado retorciéndose de dolor mientras El Diablo y sus hombres miraban desde lo alto como pequeñas hormiguitas.

-...tranquila mi niña...-pero ella sí había muerto ya-...no llores ¿vale?- El Hombre hablaba a su hija aunque ella estuviera lejos. Trataba de acercarse, pero no lo conseguía, todo le dolía demasiado y con el tiempo sólo pudo gritar hasta desmayarse.

Ahora se intentaba poner de pie sin ni siquiera hablar a su hija. No le dolía verla asi. Le había dolido mucho más ver dónde había ido a parar su pequeña...Donde crujen los dientes, y se desgarran las uñas. El Hombre caminó despacio y cojeando, lejos de allí. Días más tarde descubriría que El Diablo iba tras él.

***

Sussi agarró el banjo de su padre y esperó a que llegara la noche y al fin el Ehlir llegara a Lenguasapo. Se había pasado la última hora tocando una vieja canción popular que hablaba de cómo un soldado iba a luchar por su país y de como la chica que lo amaba le esperaba. A Sussi le gustaba pensar que El Hombre era su soldado, y ella su amada.

El Niño se acercó con las manos en los bolsillos, un viejo poncho raído y con Zorro a su lado, el pequeño cachorro de Boliche. 
-Están llegando.-Ya era casi de noche y las sombras eran algo más definidas. Los hombres se acercaban.
Sussi se levantó de su banco y miró las sombras bien. Al principio pensaba que había sido por la poca luz...pero no, aquellos hombres vestían de negro.
-No son del Ehlir...-dijo con cara de curiosidad y miró a su amigo que parecía haberse dado cuenta antes que ella y venía a darle la noticia.
-Su hombro...mira sus hombros.-La chica hizo caso a El Niño. Los hombres tenían la doble punta de flecha hacia abajo bordada en oro en sus capas...eran inquisidores.


Los hombres llegaron horas después, y todo el pueblo estaba nervioso. Pararon en la calle y todos les estaban esperando fuera...todos excepto Sussi. 
-Que sus pies reposen- dijo Boliche con un tono muy protocolario.
-Así también sus almas. Venimos a pasar la noche.-habló el más alto.
-¿Viajan a algún lado? -Preguntó Trebor de manera muy poco sutil. Sussi observaba desde la ventana. El Niño miraba en primera fila todo lo que ocurría. 
-En realidad ya no. Hemos llegado. Veniamos a Lenguasapo.- Las palabras del hombre más bajo fueron un mazazo para todo el pueblo. Si la Inquisición estaba allí sólo podían estar buscando a una persona. 
-¿Qué les trae por aquí?- preguntó el Don de los Madison. Los hombres bajaron de sus caballos y miraron a todos y cada uno de ellos...y se pararon en El Niño. El hombre alto se agachó a su altura.
-Hey pequeño, estamos buscando algo. Me pregunto si tu nos podrías ayudar.-El Niño levantó un poco su sombrero, y miró al hombre a los ojos.
-Mi padre siempre dice que no es de Dios ignorar a alguien cuando pregunta. Mi padre le ha hablado, señor...-La tensión se pudo cortar con los dientes cuando la sonrisa del hombre alto desapareció. La Doña agarró por los hombros a su hijo bajo protección y el hombre alto se fue levantando.- Venimos buscando a una puta negra.
El Don de los Maloy se revolvió. 
-Aqui lo único negro son sus trajes caballeros- Dijo el padre de Sussi.
-...Igual de negra que su hospitalidad. Dormiremos en la comisaría después de la hoguera, id a buscar a la puta, o la cosa se pondrá peor. 

lunes, 4 de agosto de 2014

Cápsula 1: La Tempestad || Segunda Canción: La familia número 31

Imposible. Aquel maldito mexicano le había metido una bala de lado a lado y ya no había nada más que hacer. El Hombre miró la herida que lucía su vieja amiga, habían caminado tanto tiempo juntos, habían visto tantas cosas y habían escuchado tantas historias juntos... Si no hubiera sido por El Diablo él aún podría tenerla entre sus manos y tocarla como siempre hacía. Pero era tarde, había que asumir que su armónica no tenía arreglo. Al menos paró la bala que iba directa a su corazón, más de lo que se podía decir del guante del mexicano. Le quedaba el consuelo de haberle quitado la movilidad de la mano siniestra. Jamás pudo verle la cara, así que fuese donde fuese siempre buscaba de reojo algún manco que pudiera encajar en la descripción para poder meterle una bala entre ceja y ceja.  Siempre que recordaba aquel día se enfurecía y una lágrima luchaba por salir de unos ojos que parecían estar hechos de hierro forjado. Aquella canción del oeste que hablaba de él lo decía:

Lleva en la garganta a su mujer,
lleva en el alma una pena,
lleva descalzos los pies
lleva una mancha negra.

mancha,
negra y ancha...mancha,

los ojos de acero tachan
la mirada de su niña, y habla
con su cadáver habla...
que es ya sólo una mancha...mancha.

Las niñas del Gringo
ya son como su alma
...manchas, manchitas manchas...
de sangre, manchitas, manchas...

***

Cuando salíó de casa su niña corrió hasta él "¡papá!" gritaba, "papá te lo olvidas" decía enseñando la armónica de oro en alto. Papá se metió la armónica en el bolsillo de su chaqueta y le dio un beso a su hija en la frente haciendole volver a casa. No sabía que aquel día sería el día que más disparos habría en Baluarte en toda su vida como Sheriff. Cerca de treinta personas rodearon la comisaría, y daba igual lo bueno que él fuera con su arma, cuando tienes una Gatling delante de tu puerta solo puedes esconderte y rezar a Dios, a los espíritus, a el puto Demonio o a quien coño reces para que se acabe esa tempestad de balas.
Se sucedieron disparos durante diez largos minutos en los que el cuartel se convirtió en una trinchera improvisada, no había habido tiempo para protegerse en otro lugar. Después de un silencio breve todos los bandidos decidieron que era el momento de hacer salir al sheriff y a su cuadrilla. El Hombre se había asomado por encima de su escritorio con miedo a que entrasen balas por el gran ventanal ahora sin cristales. Fuera había un hombre con una mujer agarrada del cuello, era la esposa de Leiva, su segundo al mando. Leiva  miró a El Hombre con los ojos vidriosos y sus párpados se cerraron bruscamente por un instante cuando el revólver se accionó provocando un estruendo sordo, duro y seco. Leiva se quedó mirando a su sheriff. No, Leiva ya no miraba nada, su vista se perdía en el infinito detrás de El Hombre...No le quedaba nada por lo que luchar.

Se oyó un silbido fuera de la comisaría, una cancioncilla alegre. Era él, el mexicano.
-¡Sheeeeeriiiiiff! -canturreó El Diablo con voz asustada- ¡Sheriff, ayuda! no...no puedo dejar de... apretar...el gatillo- el mexicano hacía como si su mano tuviese vida propia y se la sujetaba con la otra. Otro disparo alcanzó a otro hombre.
Otro cadáver más que se grababa en a fuego en la cabeza de El Hombre.
-Señor, era David Leeman.- oyó tras de sí. No era justo, aquel muchacho era un zapatero, ni si quiera tenía nada que ver con la comisaría.
- ¡Sheriff! Verá, necesito que salga para hablar con usted de unos temas. Bueno, en realidad es un único tema. Tiene que morirse señor sheriff. Mis amigos y yo queremos una ciudad libre de tiranía, leyes, y corrupción. Una ciudad como Babylon... Y usted...-fingió pensar durante un momento-...digamos que lo complica todo mucho... Vamos, hombre, no se haga de rogar, no me haga dejar Baluarte sin mujeres y niños...salga, muera, y acabe con esto.-el tono de su voz era tranquilo y natural, hablaba con la calma y la confianza de quien tiene todo controlado.

El Hombre tenía cinco balas en cada pistola, dos pistolas, y una sola mano. Todo el mundo cuenta historias sobre gente que dispara con una pistola en cada mano, pero en la realidad eso era algo absurdo, a no ser que simplemente quieras asustar a alguien haciéndole creer que eres Cowboy Leroy. El puto Diablo había venido desde el Oeste sólo para poder aplicar su anarquía en el Sur. Todos iban a morir uno a uno.

***
El Hombre intentó apartar aquel día de su cabeza, tan sólo se acercó a la barra y pidió otra cerveza.
-¿Cómo piensas pagar la cerveza y la noche en el granero muchacho? -Troy Trebor era un hombre amable, con una paciencia infinita, pero en cuanto se cruzaban los temas de dinero en su camino podías toparte con alguien muy peligroso.
El Hombre puso la armónica de oro sobre la barra.
-Está rota, pero el oro es oro.
Troy miró a El Hombre. Probablemente tendría que pagar al Ehlir para que encontrase a alguien que fundiera ese oro, y pagar a ese alguien para que lo fundiera, y realmente el Sur tenía abundancia de oro así que lo que iba a sacar no iba a ser tanto...pero Trebor era un buen hombre como ya he dicho, y a regañadientes le puso otra cerveza, y le puso un viejo puro al lado.
-No te hago más favores. Mañana quiero dinero de verdad o no podré ayudarte.

***

El Hombre salió por la parte de atrás de la comisaría y comenzó a subir al tejado mientras comprobaba sus balas. Todas en su sitio.

-Vamos sheriff, tercer aviso.-otro disparo. El Hombre comenzó a gatear sobre el tejado. No tendría mucho ángulo desde allí, pero contaba con el factor sorpresa-...Mira lo que has conseguido sheriff...¿Seguro que quieres llegar a un cuarto aviso?- El Hombre se asomó y entonces todo ocurrió demasiado rápido. Pasaría toda la vida arrepintiéndose de cada segundo que desperdició en no mirar bien a su alrededor.
Leiva salió de la comisaría y disparó tres veces:
Pierna, hombro, cabeza.
Después fue acribillado a disparos y se levantó una polvoreda. Había matado a El Diablo. Todos sus hombres comenzaron a salir de la comisaría. Denis, Dafoe, Jonas, El Rubio, Fletcher... fueron cayendo uno a uno. El Hombre se levantó más tarde que el resto y comenzó a disparar, un blanco tras otro. Después de unos largos segundos 30 familias vestirían el luto al día siguiente. Aquel día se levantó el polvo de la calle principal de Baluarte como si una tormenta hubiera pasado por allí, la sangre se mezclaba con la tierra y El Hombre buscaba con la mirada, buscó el cuerpo de Leiva y el cadáver de El Diab...no.
No era el cadáver del mexicano. Una estruendo seco y fuerte anunció al hombre que en los próximos minutos moriría. Una bala surcó el aire con fiereza directa hacia su corazón, no pudo reaccionar.

"Papá" ... "Papá te lo olvidas"

Papá se llevó la mano al pecho mientras caía hacia delante del edificio hacia abajo, en su mano no había sangre, la bala no había tenido fuerza suficiente.


Cuando abrió los ojos el mexicano le había atado las manos a las riendas de un caballo ,también los pies. Los ojos del animal estaban tapados. El mundo daba vueltas por el golpe que se había dado al caer, poco a poco fue enfocando la vista y hubiera rezado a cualquier dios, hubiera dado sus manos, sus ojos...su alma, por no ver lo que vio.

Cuatro hombres sujetaban a su mujer de brazos y piernas mientras ella gritaba y se intentaba zafar de todos ellos. Un frío recorrió la espalda de El Hombre hasta llegar a su nuca.

Todo había sido mentira, aquel hombre que fanfarroneaba fuera de la comisaría no habia sido El Diablo. Todo el mundo decía que casi no hablaba...debía haberse fijado en eso, El Diablo se había mantenido alejado durante toda la mantanza.
Oyó una palmada en el trasero del caballo y observó cómo el animal echaba a correr hacia la mujer, los hombres se asustaron y se apartaron dejándola allí tirada mientras su caballo pasaba por encima de ella sin saltarla. El Hombre miró hacia atrás y vio las caras sorprendidas de los hombres que la habían violado mientras la sombra que se alzaba entre el polvo se acercaba hacia la mujer y sin dirigirla siquiera la mirada le disparó tres veces en la cabeza. Aquella sombra sí era el verdadero Diablo. No dejó de avanzar, estaba ocupado mirando algo más. El Hombre miró hacia abajo...su caballo arrastraba algo más.
No cabía más dolor en el pecho, sentía que sus costillas se apretaban hacia dentro y atravesaban los pulmones y el corazón. Su niña...estaba atada al caballo y pataleaba mientras se golpeaba contra las piedras y la arena.
Papá no podía mover las manos ni los pies.
Papá miraba a su mujer muerta,
escuchó cómo su hija dejaba de gritar.
Papá miraba a su niña desmayarse por el dolor de los golpes.

El Hombre dejo caer el peso de sus hombros sobre su espalda mientras el caballo continuaba hacia delante, su boca se había quedado abierta de tanto gritar, las lágrimas se juntaban con la saliva que se caía de su boca, miró hacia el infinito y al fin vio el fin.

El caballo no pudo ver el barranco y el animal, papá y su niña cayeron.

Mientras caía El Hombre pensó que no podía morir así, al día siguiente tenía que vestir el luto por sus niñas, aunque sólo fuera eso, sólo por vestir el luto... El Diablo no podía ganar.

" hubiera rezado a cualquier dios, hubiera dado sus manos, sus ojos...su alma, por no ver lo que vio."

-...Seas quien seas sácame de esta...déjame vivir un poco más. Déjame vivir lo suficiente para matar a ese hijo de puta, y después llévame si quieres. Después llevame al peor infierno que tengas preparado.Sácame de aquí...


Pero Seas-Quien-Seas nunca negocia. El Hombre murió antes de caerse al barranco, su alma ya se había roto, ya era sólo un cuerpo vacío.

La cosa es...que ni Dios, ni el demonio, ni ningún espíritu se interesan por un cuerpo sin alma...

***
¿Qué mira esa negra?- Pensó el hombre con un escalofrío en la espalda al recordar el día en que murió. 

jueves, 17 de julio de 2014

Cápsula 1: La Tempestad || Primera Canción : Tres hilos y una moneda.

La siguiente cápsula, como todas a fin de cuentas, es un borrador. Esto quiere decir que habría que tener un mínimo de manga ancha. Pueden faltar comas, recolocar puntos, etc. 
Las cápsulas son pequeñas historias en las que estoy trabajando y en las que también colaboraran un puñado de grandes amigos con música, dibujos o escribiendo. 

La primera Capsula se llama La Tempestad, y es casi mejor ir descubriendo la ambientación poco a poco según vayan saliendo los capítulos. Espero que os guste ;)

"-Amigo, recuerda a quién llevas a bordo.
-...A nadie que me importe más que mi mismo. "
La Tempestad de Shakespeare

PRÓDIGO PRÓLOGO
Lenguasapo era algo más que un cruce de caminos entre la lejana ciudad norteña de Alar y Baluarte, la capital del Sur. Lenguasapo no llegaba a llamarse siquiera pueblo, era más bien un conjunto de casas alrededor de una taberna que daba nombre al lugar. El pueblo ni siquiera tenía un Sheriff oficial, sólo Ronald "El Boliche" se acercaba a ese puesto, porque había sido ayudante de sheriff en un pueblucho del norte. Pero el norte era un sitio tranquilo, podrían haber tenido sus guerras antaño, pero lo cierto es que ahora vivían en relativa calma y eso seguramente se debiera a que las distancias entre ciudades eran muy grandes, no como en el Sur donde se encontraba él y donde cada pocos kilómetros había ciudades, pueblos, aldeas, pasos, carreteras, caminos y un sinfín de asentamientos que hacían de los conflictos algo muy común.
 A decir verdad el gordo de Ronald sólo era el "sheriff" -hablando muy entre comillas- porque tenia un Winchester, y si bien hay pistolas o rifles de mejor calidad y más rápidos ése era el único arma en todo Lenguasapo, lo que le colocaba en una situación de poder muy por encima del resto. Al menos eso había pensado Boliche toda su vida.
En el pueblo había siete edificios: uno abandonado desde hace años, la taberna, la casa de Boliche, La casa de los Madison, la de los Maloy, la de la vieja Helena Wilfred, y un edificio dedicado al Ehlir, porque por muy pequeño que sea un pueblo eso nunca puede faltar.

Veinticinco años después todo seguía igual que cuando se había marchado, y sin embargo ahí estaba tomando una cerveza con los pies encima de la mesa de una taberna que no conocía nadie, y nadie era capaz de distinguir quien era aquel hombre de pelo claro, barba de varios días, y más mugre que un burro de campo. El hombre había llegado hacía dos semanas con la escusa de descansar para poder continuar su viaje pero  lo cierto era que pasaba el tiempo y algo les decía a los pueblerinos que aquel viajero se iba a convertir en un vecino más.
El primer día que llegó todo el mundo observó de refilón su cabello y temieron lo peor, de hecho el tiempo pasaba y la sospecha de que aquel hombre no fuera normal aún se mantenía con fuerza en todos.

En todos menos en una joven chica y su amigo. Quizás los dos niños sentían como suyo aquel rechazo que tenía el pueblo hacia aquel hombre, en realidad ese recelo era similar al que sentían por ellos dos.

Sussana Maloy era una pequeña niña de color, al contrario que el resto de su familia. Acostumbraba a corretear por la carretera con el único niño además de ella que había en el pueblo, el pequeño de los Madison. Ella tenía once años y él diez, probablemente pueda parecer un dato inútil para la historia, y seguramente lo sea, pero por algún sitio hay que empezar.



EL NIÑO
El sol le cegaba y comenzaba a asarle hasta el punto de que el pequeño de diez años llevaba un buen rato mareado, pero no podía permitir que Susi "La Larga" le disparara, esta vez no era como todas las veces que habían jugado a dispararse, había algo mucho más importante en juego. Ella y el niño llevaban cerca de dos horas persiguiéndose, corriendo, y protegiéndose detrás de cajas, carros e incluso en la taberna. La gente del pueblo incluso había salido a ver qué estaba pasando y miraban como los niños se disparaban. El Don de los Maloy quería parar aquella locura, pero meterse en medio era demasiado peligroso. "A estos niños se les ha ido de las manos..." 
 El niño llevaba diez minutos de reloj escondido bajo una caja que dejaba pasar franjas de luz que hacían arder todo lo que tocaban entre los tablones de madera. Una de aquellas franjas recorría la frente del pequeño de los Madison que se esforzaba por no hacer el más mínimo ruido, aunque sabía que no aguantaría mucho más en aquella errática postura.Una gota de sudor caía desde el pelo cubierto por un sombrero y se deslizaba hacia su nariz respingona y pecosa haciéndole cosquillas. Otro de los rayos de luz surcaba su mano izquierda, la mano de la pistola, él era muy bueno disparando con la izquierda y ahora que estaba escondido podía hacerlo sin que todos le mirasen mal por no hacerlo con la diestra. Pero lo cierto es que la mano le ardía y eso empezaba a dificultarle el apuntar bien, tenia que disparar cuanto antes o perderia el pulso. El cañón de la pistola asomaba por una rendija mientras él veía como La Larga se movía con cuidado e intentaba buscarle.

El sol en la mano.
El sonido de las piedras bajo los pies de Susi.
El crujir de la madera de la caja en la que se escondía el niño.
Aspira. Respira.
Aspira. Respira.
Aspira...
 ...

La bala salió disparada. Todo fue a cámara lenta y el niño pudo sentir como la bala se deslizaba por el cañón, la fuerza, las cosquillas por la gota de su frente y el sol hicieron que no pudiera sostener la pistola con firmeza. Había fallado. Rápidamente volvió a apuntar pero era demasiado tarde, la chica negra se había asustado y ahora corría a refugiarse. El niño maldijo en bajo mientras se secaba el dichoso sudor de la frente con la manga. Se había delatado, no podía quedarse allí así que salió de la caja corriendo hacia uno de los carros que había en la calle. Estaba claro que corriendo no iba a llegar sin recibir un balazo, así que a medio camino se la jugó a una sola carta, cogió impulso y pegó un salto para evitar ser disparado.

El niño despegó del suelo con la pistola en la siniestra. La camisa de cuadros se le movía en el aire y el sombrero cayó hacia atrás colgando de su cuello y dejando ver un pelo oscuro y húmedo que le caía de mala manera sobre la frente.

A lo lejos Susi giró sobre sí misma haciendo volar una falda que le llagaba por las rodillas. En cuestión de un segundo, la niña abrió bien los ojos y su dedo índice apretaba con seguridad el gatillo.

En pleno salto hacia la seguridad del carro una bala salió de la pistola de Susi y acertó de lleno en el corazón del muchacho.

Y allí estaba el chico tirado en el suelo, con la ropa empapada de rojo por el disparo, intentando alcanzar la sombra del carro con los dedos, estirándose para tocarla. Susi se acercó al chico lentamente mientras metía una bala en la pistola. En silencio y sin apartar la vista del muchacho caminó hasta estar cerca de él. Él la miró con miedo. No podía ser...iba a acabar con él.

-Se acabó el juego- dijo muy seria y disparó al muchacho en la cabeza.


-¡Ah! ¡En la cara no vale!- La bala de madera había salido disparada y golpeó al muchacho en la frente.
-Cállate llorica.

La Doña de los Maloy agarró de la oreja a la niña y ella dejó caer el arma. Lo siguiente fueron gritos y más gritos. No por el juego ni por los disparos. Los niños habían robado la pintura roja del cobertizo de los Madison, y eso les iba a reportar un buen número de collejas. Y la Doña de los Maloy había abierto la veda de las tortas.
Aun con todo, lo único en lo que el niño podía pensar entre todo aquel festival de collejas era en que, con pintura o sin pintura en las balas, había vuelto a ganar la niña negra. Y eso le dolía más que los golpes en la coronilla de su madre y de su padre. Bueno, más que los de su padre no, esos dolían mucho

 La Larga era mejor que él en casi todo y eso enfadaba al niño sobremanera, estaba harto de ser superado en todo. Pero a pesar de eso... seguía jugando con ella todos los días.

***

-¡No soy un llorica! Haces trampa todo el rato. No vale, volvemos a empezar.- La casa del niño y la suya eran colindantes así que se pasaban horas hablando y jugando a juegos. Bueno últimamente ya no, los juegos de lanzarse aviones, atar una cuerda a dos latas, dispararse apuntando con el dedo...todo aquello comenzaba a aburrir a Susi.
-Claro que eres un llorica, te pasas quejándote todo el día, desde que levantas tu culo hasta que te acuestas.No quiero jugar más, voy a ver a El Hombre.- Susi cada vez era más seca y desagradable.

La chica agarró un trapo de tela dura y comenzó a descolgarse por uno de los postes de madera. Desde que El Hombre había llegado a Lenguasapo Susi no dejaba de ir a la taberna a sentarse en una mesa y mirarle. El Niño no entendía qué podía haber de divertido en mirar a un hombre como aquel. Era un viajero, cansado para continuar su viaje, sin dinero para pagarse una ducha, pero con dinero para cerveza. Tenia el pelo castaño claro, en otro tiempo quizás hubiera sido más oscuro pero el sol lo había aclarado, si hubiera usado un buen sombrero quizás hubiera conservado su color de pelo oscuro y no ese castaño casi pelirrojo que asustaba a todo el mundo. El Niño no le tenía miedo porque le había visto guardar un colgante con forma de triángulo invertido y atravesado signo inequívoco de que El Hombre era un hombre religioso. Si en realidad fuese lo que todos pensaban que era se hubiera convertido en polvo al tocar el símbolo de Dios.

-Yo no quiero ver a El Hombre...¿Por qué no jugamos a las ranas?
-No te he pedido que vengas, sólo te digo que que voy a ir a verle, si tú no quieres, no vengas.

Aquella frase quedó suspendida en el aire. Él se quedó clavado en su sitio pensando que justo en aquel momento estaba pasando algo importante. Mientras ella se deslizaba con la maestría que da la experiencia de haberlo hecho casi toda su vida se dio cuenta de que la niña que jugaba con él todos los días había dejado de ser Susi La Larga y se convertía por momentos en Sussana. Sussana a secas. Él en cambio seguía siendo solamente un niño, El Niño. Aquel día decidió que jamás se haría mayor... y más adelante lo cumpliría. Más o menos.

SUSSANA
No se afeitaba, parecía sudar mucho, y fumaba y bebía demasiado, sin embargo El Hombre tenía algo que atraía a Sussana de una manera que aún no podía entender. No podía literalmente hablando porque tenía once años y no sabía lo que era aquella atracción pero la verdad es que aquel hombre no tenía nada diferente a cualquier otro viajero, una cara cuadrada, un buen mentón, ojos marrón claro, pelo seco y estropeado... no, no era nada del otro mundo. Sin embargo era el primer hombre para Sussana. En Lenguasapo vivían tan pocas personas que en realidad ella no había tenido oportunidad de fijarse en los hombres nunca, había hombres por supuesto pero ¿quienes eran? el Don de los Madison, El Boliche, su padre y Troy Trebor que era el dueño de la taberna. Todos eran prácticamente su familia y jamás se le había pasado por la cabeza mirar a los hombres como miraba a aquel. 

Sussana entró en la taberna y allí estaba él con un cigarro en la boca, una jarra en la mesa, y recostado instando arreglar un aparatejo de metal casi sin ganas. Parecía que en realidad no sabía arreglarlo pero tampoco tenía nada mejor que hacer, de hecho Sussana no entendía por qué El Hombre se quedaba en Lenguasapo y no continuaba su viaje.

La Doña de los Maloy apareció por la puerta y enfiló corriendo hacia su hija. Era una mujer mayor un tanto gorda. Hace unos años encontraron a Sussana a las afueras de la ciudad cuando iban a pescar a uno de los dos ríos cercanos a Lenguasapo. La pequeña estaba dentro de en un cesto de mimbre que se había enganchado en las ramas de un árbol bajo. El matrimonio Maloy corrió a recogerla. ¿Cómo podía alguien dejar a una criatura de Dios en un cesto? Cuando cogieron a la niña miraron su oscura piel y casi se arrepintieron de haberla salvado, pero por alguna razón el Don de los Maloy era un hombre bueno, incapaz de hacer daño a nadie, y una cosa era no recoger a la niña y otra muy diferente ser ellos quien la devolvieran al río. Dios les había dado a aquel extraño ser, y lo había hecho por alguna razón. Ambos recogieron las cosas y dejaron la pesca para otro día. En el pueblo fueron rechazados durante años por haber traído a un Ainur a su pequeño y pacifico pueblo. Hasta que Sussana no cumplió los seis años y la gente no empezó a ver cómo Susi jugaba con el pequeño de los Madison no volvieron a hablar con el matrimonio. Ellos habían cuidado de ella hasta ahora, pero quizás no estaban preparados para cuidar de una chica como ella ahora que empezaba a rebelarse contra todo.
La Doña fue hasta la mesa de la niña que ni se inmutó y comenzó a gritarle y a golpear la mesa. La niña sólo miraba a El Hombre, y él por fin la miró a ell medio segundo antes de bajar la mirada hacia la cosa metálica que intentaba arreglar. La bofetada que la Doña le daría segundos después habría merecido la pena.

***

-No sé cómo hacer esto Alan. Cada vez es peor, cada vez se escapa más, da peores contestaciones.
-Vamos Lidia, todos a su edad hemos sido unos rebeldes...
-Si, pero mi padre me pegaba dos bofetadas y me callaba, no empezaba a sisear como una serpiente y hacer sonidos extraños -la Doña se santiguó con el símbolo del triángulo invertido.
-Lo hace porque sabe que os asusta, la niña no es tonta, sabe que le tenéis miedo, y lo aprovecha. En vez de una bofetada como a ti habra que darle una buena azotina y ya está, ya se le pasará.
-Yo creo que de aqui a unos años tenemos que replantear esto cariño.
-No hay nada que replantear, Dios no se equivoca.-El Don se puso serio- Si tengo que tener a un demonio bajo mi techo lo tendré Lidia.-el hombre dio un golpe en la mesa y miró a su mujer a los ojos.
-Sólo digo que quizás fue Dios quien la puso en el río, y fue el Demonio el que la atrapó en las ramas.
-...Mira Lidia, si llega el día en que veo un Ainur en sus ojos en vez de una niña, yo mismo levantaré la hoguera para quemarla.

Sussana se agarró las rodillas, llevaba un buen rato escuchando desde las escaleras, y lo más triste no era escuchar lo que decían sus padres de ella. Lo triste es que ya no le sorprendía oír aquellas cosas. Volvió a su habitación se tapó con las mantas hasta la cabeza y comenzó a llorar.