Imposible. Aquel maldito mexicano le había metido una bala de lado a lado y ya no había nada más que hacer. El Hombre miró la herida que lucía su vieja amiga, habían caminado tanto tiempo juntos, habían visto tantas cosas y habían escuchado tantas historias juntos... Si no hubiera sido por El Diablo él aún podría tenerla entre sus manos y tocarla como siempre hacía. Pero era tarde, había que asumir que su armónica no tenía arreglo. Al menos paró la bala que iba directa a su corazón, más de lo que se podía decir del guante del mexicano. Le quedaba el consuelo de haberle quitado la movilidad de la mano siniestra. Jamás pudo verle la cara, así que fuese donde fuese siempre buscaba de reojo algún manco que pudiera encajar en la descripción para poder meterle una bala entre ceja y ceja. Siempre que recordaba aquel día se enfurecía y una lágrima luchaba por salir de unos ojos que parecían estar hechos de hierro forjado. Aquella canción del oeste que hablaba de él lo decía:
Cuando salíó de casa su niña corrió hasta él "¡papá!" gritaba, "papá te lo olvidas" decía enseñando la armónica de oro en alto. Papá se metió la armónica en el bolsillo de su chaqueta y le dio un beso a su hija en la frente haciendole volver a casa. No sabía que aquel día sería el día que más disparos habría en Baluarte en toda su vida como Sheriff. Cerca de treinta personas rodearon la comisaría, y daba igual lo bueno que él fuera con su arma, cuando tienes una Gatling delante de tu puerta solo puedes esconderte y rezar a Dios, a los espíritus, a el puto Demonio o a quien coño reces para que se acabe esa tempestad de balas.
Lleva en la garganta a su mujer,
lleva en el alma una pena,
lleva descalzos los pies
lleva descalzos los pies
lleva una mancha negra.
mancha,
negra y ancha...mancha,
negra y ancha...mancha,
los ojos de acero tachan
la mirada de su niña, y habla
con su cadáver habla...
que es ya sólo una mancha...mancha.
Las niñas del Gringo
ya son como su alma
ya son como su alma
...manchas, manchitas manchas...
de sangre, manchitas, manchas...
***
de sangre, manchitas, manchas...
***
Se sucedieron disparos durante diez largos minutos en los que el cuartel se convirtió en una trinchera improvisada, no había habido tiempo para protegerse en otro lugar. Después de un silencio breve todos los bandidos decidieron que era el momento de hacer salir al sheriff y a su cuadrilla. El Hombre se había asomado por encima de su escritorio con miedo a que entrasen balas por el gran ventanal ahora sin cristales. Fuera había un hombre con una mujer agarrada del cuello, era la esposa de Leiva, su segundo al mando. Leiva miró a El Hombre con los ojos vidriosos y sus párpados se cerraron bruscamente por un instante cuando el revólver se accionó provocando un estruendo sordo, duro y seco. Leiva se quedó mirando a su sheriff. No, Leiva ya no miraba nada, su vista se perdía en el infinito detrás de El Hombre...No le quedaba nada por lo que luchar.
Se oyó un silbido fuera de la comisaría, una cancioncilla alegre. Era él, el mexicano.
-¡Sheeeeeriiiiiff! -canturreó El Diablo con voz asustada- ¡Sheriff, ayuda! no...no puedo dejar de... apretar...el gatillo- el mexicano hacía como si su mano tuviese vida propia y se la sujetaba con la otra. Otro disparo alcanzó a otro hombre.
Otro cadáver más que se grababa en a fuego en la cabeza de El Hombre.
-Señor, era David Leeman.- oyó tras de sí. No era justo, aquel muchacho era un zapatero, ni si quiera tenía nada que ver con la comisaría.
- ¡Sheriff! Verá, necesito que salga para hablar con usted de unos temas. Bueno, en realidad es un único tema. Tiene que morirse señor sheriff. Mis amigos y yo queremos una ciudad libre de tiranía, leyes, y corrupción. Una ciudad como Babylon... Y usted...-fingió pensar durante un momento-...digamos que lo complica todo mucho... Vamos, hombre, no se haga de rogar, no me haga dejar Baluarte sin mujeres y niños...salga, muera, y acabe con esto.-el tono de su voz era tranquilo y natural, hablaba con la calma y la confianza de quien tiene todo controlado.
El Hombre tenía cinco balas en cada pistola, dos pistolas, y una sola mano. Todo el mundo cuenta historias sobre gente que dispara con una pistola en cada mano, pero en la realidad eso era algo absurdo, a no ser que simplemente quieras asustar a alguien haciéndole creer que eres Cowboy Leroy. El puto Diablo había venido desde el Oeste sólo para poder aplicar su anarquía en el Sur. Todos iban a morir uno a uno.
***
El Hombre intentó apartar aquel día de su cabeza, tan sólo se acercó a la barra y pidió otra cerveza.-¿Cómo piensas pagar la cerveza y la noche en el granero muchacho? -Troy Trebor era un hombre amable, con una paciencia infinita, pero en cuanto se cruzaban los temas de dinero en su camino podías toparte con alguien muy peligroso.
El Hombre puso la armónica de oro sobre la barra.
-Está rota, pero el oro es oro.
Troy miró a El Hombre. Probablemente tendría que pagar al Ehlir para que encontrase a alguien que fundiera ese oro, y pagar a ese alguien para que lo fundiera, y realmente el Sur tenía abundancia de oro así que lo que iba a sacar no iba a ser tanto...pero Trebor era un buen hombre como ya he dicho, y a regañadientes le puso otra cerveza, y le puso un viejo puro al lado.
-No te hago más favores. Mañana quiero dinero de verdad o no podré ayudarte.
***
El Hombre salió por la parte de atrás de la comisaría y comenzó a subir al tejado mientras comprobaba sus balas. Todas en su sitio.
-Vamos sheriff, tercer aviso.-otro disparo. El Hombre comenzó a gatear sobre el tejado. No tendría mucho ángulo desde allí, pero contaba con el factor sorpresa-...Mira lo que has conseguido sheriff...¿Seguro que quieres llegar a un cuarto aviso?- El Hombre se asomó y entonces todo ocurrió demasiado rápido. Pasaría toda la vida arrepintiéndose de cada segundo que desperdició en no mirar bien a su alrededor.
Leiva salió de la comisaría y disparó tres veces:
Pierna, hombro, cabeza.
Después fue acribillado a disparos y se levantó una polvoreda. Había matado a El Diablo. Todos sus hombres comenzaron a salir de la comisaría. Denis, Dafoe, Jonas, El Rubio, Fletcher... fueron cayendo uno a uno. El Hombre se levantó más tarde que el resto y comenzó a disparar, un blanco tras otro. Después de unos largos segundos 30 familias vestirían el luto al día siguiente. Aquel día se levantó el polvo de la calle principal de Baluarte como si una tormenta hubiera pasado por allí, la sangre se mezclaba con la tierra y El Hombre buscaba con la mirada, buscó el cuerpo de Leiva y el cadáver de El Diab...no.
No era el cadáver del mexicano. Una estruendo seco y fuerte anunció al hombre que en los próximos minutos moriría. Una bala surcó el aire con fiereza directa hacia su corazón, no pudo reaccionar.
"Papá" ... "Papá te lo olvidas"
Papá se llevó la mano al pecho mientras caía hacia delante del edificio hacia abajo, en su mano no había sangre, la bala no había tenido fuerza suficiente.
Cuando abrió los ojos el mexicano le había atado las manos a las riendas de un caballo ,también los pies. Los ojos del animal estaban tapados. El mundo daba vueltas por el golpe que se había dado al caer, poco a poco fue enfocando la vista y hubiera rezado a cualquier dios, hubiera dado sus manos, sus ojos...su alma, por no ver lo que vio.
Cuatro hombres sujetaban a su mujer de brazos y piernas mientras ella gritaba y se intentaba zafar de todos ellos. Un frío recorrió la espalda de El Hombre hasta llegar a su nuca.
Todo había sido mentira, aquel hombre que fanfarroneaba fuera de la comisaría no habia sido El Diablo. Todo el mundo decía que casi no hablaba...debía haberse fijado en eso, El Diablo se había mantenido alejado durante toda la mantanza.
Oyó una palmada en el trasero del caballo y observó cómo el animal echaba a correr hacia la mujer, los hombres se asustaron y se apartaron dejándola allí tirada mientras su caballo pasaba por encima de ella sin saltarla. El Hombre miró hacia atrás y vio las caras sorprendidas de los hombres que la habían violado mientras la sombra que se alzaba entre el polvo se acercaba hacia la mujer y sin dirigirla siquiera la mirada le disparó tres veces en la cabeza. Aquella sombra sí era el verdadero Diablo. No dejó de avanzar, estaba ocupado mirando algo más. El Hombre miró hacia abajo...su caballo arrastraba algo más.
No cabía más dolor en el pecho, sentía que sus costillas se apretaban hacia dentro y atravesaban los pulmones y el corazón. Su niña...estaba atada al caballo y pataleaba mientras se golpeaba contra las piedras y la arena.
Papá no podía mover las manos ni los pies.
Papá miraba a su mujer muerta,
escuchó cómo su hija dejaba de gritar.
Papá miraba a su niña desmayarse por el dolor de los golpes.
El Hombre dejo caer el peso de sus hombros sobre su espalda mientras el caballo continuaba hacia delante, su boca se había quedado abierta de tanto gritar, las lágrimas se juntaban con la saliva que se caía de su boca, miró hacia el infinito y al fin vio el fin.
El caballo no pudo ver el barranco y el animal, papá y su niña cayeron.
Mientras caía El Hombre pensó que no podía morir así, al día siguiente tenía que vestir el luto por sus niñas, aunque sólo fuera eso, sólo por vestir el luto... El Diablo no podía ganar.
" hubiera rezado a cualquier dios, hubiera dado sus manos, sus ojos...su alma, por no ver lo que vio."
-...Seas quien seas sácame de esta...déjame vivir un poco más. Déjame vivir lo suficiente para matar a ese hijo de puta, y después llévame si quieres. Después llevame al peor infierno que tengas preparado.Sácame de aquí...
Pero Seas-Quien-Seas nunca negocia. El Hombre murió antes de caerse al barranco, su alma ya se había roto, ya era sólo un cuerpo vacío.
La cosa es...que ni Dios, ni el demonio, ni ningún espíritu se interesan por un cuerpo sin alma...
***
¿Qué mira esa negra?- Pensó el hombre con un escalofrío en la espalda al recordar el día en que murió.
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