Cerró el viejo libro y se quedó mirando la portada pensando que era curioso que siempre se dijese que Dios amaba a todos sus hijos y sin embargo pusiera tantas excepciones, y diera tantos detalles de qué hacer con ellas. El niño volvió a dejar la biblia en el cajón de la cómoda de su madre y salió sigiloso de la habitación. Una vez fuera ya no había peligro de ser descubierto asi que tranquilamente se encaminó hacia la calle acariciando la empuñadura de su pistola de madera. El Niño soñaba ser como uno de esos pistoleros de Babylon, frío y calculador. Soñaba con ser como Cowboy Leroy y ser rodeado como él lo fue de una decena de personas que intentaran matarle. Cowboy Leroy había empuñado sus dos viejas volcanic y comenzado a disparar recibiendo sólo un balazo en el pie izquierdo. Leroy era todo un héroe mitad histórico mitad leyenda que había viajado hacia el oeste para matar a un aquelarre de raleé. A veces El Niño fantaseaba con vivir aquella historia, o alguna parecida, él solo contra el mundo...bueno solo quizás no, quizás Sussi podría ir con él.
Pero Sussi estaba demasiado ocupada desnudando al viajero con la mirada. El Niño se encaminó hacia la taberna, quizás su amiga se dignara a salir de allí.
El calor de media tarde era abrasador, caía sobre la calle de Lenguasapo como una avalancha de arena sobre una hormiga. El Niño puso su vista en el horizonte y vio como el demonio intentaba engañarle creando la imagen de agua a lo lejos. El calor creaba un espejismo extraño en la arena, pero él sabía que era mentira, el Padre Zachary le había hablado muchas veces de esas ilusiones. A lo lejos entre sombras y la ilusion se distinguían dos hombres montados a caballo dirigiéndose hacia Lenguasapo.
-El Ehlir! Ha llegado el Ehlir!- Entro gritando aquello en la taberna, y los pocos que habia alli sonrieron aliviados.
Trebor salió y cuando comprobó que ciertamente debían ser caballeros del Ehlir entró dentro para hacerles un pastel de manzana. Según sus cálculos, los hombres llegarían al caer el sol.
Sussi miró a El Niño y en su mirada parecía entrever a otra persona diferente. Tenía un rostro frío, pero a la vez parecía mucho más feliz, como si hubiera encontrado algo que le faltaba. Ella vio en El Niño un gesto que hacía algún tiempo que no veía. Hacía unos meses un hombre vestido de negro llegó y le regaló una estrella de Sheriff. El muchacho casi llora de la alegría, y aquel hombre calvo y con barba se fué dejándole una estrella de oro que rezaba "Baluarte. Por Ley contra el Caos." El Niño tardó tan sólo siete dias en perder la estrella. Y aquella mirada que tuvo cuando fue a contárselo a Sussi, era la mirada que tenía ahora que era Sussi en sí mismo lo que había perdido. Jamás encontró aquella estrella, como jamás encontraría a la vieja Sussi con la que jugaba en la calle. El muchacho entendió aquello casi de golpe, y salió de allí. Quizás podría jugar con el perro de Boliche.
El Hombre se levantó y se dirigió hacia Troy Trebor.
-Me iré hoy.
-Tienes pagada una noche más hijo. ¿No quieres aprovecharla?
-Me bastará con algo de comida, agua y un sombrero para el viaje.
-Como quieras hijo- Trebor preparó todo. y se lo dió.- El sombrero es algo viejo ya, pero le he cuidado bien.-Ciertamente el sombrero parecía haber sido engrasado como si de unas botas se tratase. - Que tengas buen pisa. Camina en firme.
-Camina en firme- repondió El Hombre saliendo por la puerta y montando en su caballo. Ninguno de los que allí se hallaba le volvería a ver nunca más.
***
La respuesta llegó en forma de una imagen cruel, una mas. Su niña de diez años yacía unos metros más allá en una contorsión siniestra e imposible. Pero El Hombre no lloró, porque las lagrimas salen del alma. Se arrastró con paciencia hasta ella, cortó la cuerda que ataba a la pequeña al caballo, tomó sus delgados brazos y los colocó sobre su pecho, agarró sus piernas y las enderezó como si pusiera en posición a una de esas muñecas de trapo con las que jugaba. Después se tumbó bocarriba a su lado y descansó. Después de muchos minutos hizo una evaluación de su estado, intentó mover las piernas pero le dolían demasiado y tenía el tobillo izquierdo descolocado, la cadera le impedía doblar la cintura bien, tenía varias costillas rotas pero ninguna había perforado ningún órgano vital, el cuello era lo que más le dolía, las muñecas le crujían y le faltaba algún diente o estaban partidos.
Su hija jamás le volvería a mirar como solía hacerlo. Esa mirada...
El Hombre se reincorporó y fue recordando la caída. No había muerto en el acto, había estado retorciéndose de dolor mientras El Diablo y sus hombres miraban desde lo alto como pequeñas hormiguitas.
-...tranquila mi niña...-pero ella sí había muerto ya-...no llores ¿vale?- El Hombre hablaba a su hija aunque ella estuviera lejos. Trataba de acercarse, pero no lo conseguía, todo le dolía demasiado y con el tiempo sólo pudo gritar hasta desmayarse.
Ahora se intentaba poner de pie sin ni siquiera hablar a su hija. No le dolía verla asi. Le había dolido mucho más ver dónde había ido a parar su pequeña...Donde crujen los dientes, y se desgarran las uñas. El Hombre caminó despacio y cojeando, lejos de allí. Días más tarde descubriría que El Diablo iba tras él.
***
Sussi agarró el banjo de su padre y esperó a que llegara la noche y al fin el Ehlir llegara a Lenguasapo. Se había pasado la última hora tocando una vieja canción popular que hablaba de cómo un soldado iba a luchar por su país y de como la chica que lo amaba le esperaba. A Sussi le gustaba pensar que El Hombre era su soldado, y ella su amada.
El Niño se acercó con las manos en los bolsillos, un viejo poncho raído y con Zorro a su lado, el pequeño cachorro de Boliche.
-Están llegando.-Ya era casi de noche y las sombras eran algo más definidas. Los hombres se acercaban.
Sussi se levantó de su banco y miró las sombras bien. Al principio pensaba que había sido por la poca luz...pero no, aquellos hombres vestían de negro.
-No son del Ehlir...-dijo con cara de curiosidad y miró a su amigo que parecía haberse dado cuenta antes que ella y venía a darle la noticia.
-Su hombro...mira sus hombros.-La chica hizo caso a El Niño. Los hombres tenían la doble punta de flecha hacia abajo bordada en oro en sus capas...eran inquisidores.
Los hombres llegaron horas después, y todo el pueblo estaba nervioso. Pararon en la calle y todos les estaban esperando fuera...todos excepto Sussi.
-Que sus pies reposen- dijo Boliche con un tono muy protocolario.
-Así también sus almas. Venimos a pasar la noche.-habló el más alto.
-¿Viajan a algún lado? -Preguntó Trebor de manera muy poco sutil. Sussi observaba desde la ventana. El Niño miraba en primera fila todo lo que ocurría.
-En realidad ya no. Hemos llegado. Veniamos a Lenguasapo.- Las palabras del hombre más bajo fueron un mazazo para todo el pueblo. Si la Inquisición estaba allí sólo podían estar buscando a una persona.
-¿Qué les trae por aquí?- preguntó el Don de los Madison. Los hombres bajaron de sus caballos y miraron a todos y cada uno de ellos...y se pararon en El Niño. El hombre alto se agachó a su altura.
-Hey pequeño, estamos buscando algo. Me pregunto si tu nos podrías ayudar.-El Niño levantó un poco su sombrero, y miró al hombre a los ojos.
-Mi padre siempre dice que no es de Dios ignorar a alguien cuando pregunta. Mi padre le ha hablado, señor...-La tensión se pudo cortar con los dientes cuando la sonrisa del hombre alto desapareció. La Doña agarró por los hombros a su hijo bajo protección y el hombre alto se fue levantando.- Venimos buscando a una puta negra.
El Don de los Maloy se revolvió.
-Aqui lo único negro son sus trajes caballeros- Dijo el padre de Sussi.
-...Igual de negra que su hospitalidad. Dormiremos en la comisaría después de la hoguera, id a buscar a la puta, o la cosa se pondrá peor.
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